Historias que caminan

Yare, la valentía de migrar y el duelo de perder a su pareja en el exterior

Foto: Cortesía - Composición: Andrea Phillips
Syremni Bracho
Escrito por Syremni Bracho

Se escucharon unos quejidos muy leves en el rincón de aquel apartamento. Eran de la hija de Yarelis Semprún, minutos antes de disfrutar del canto que entonaría su pequeña familia en el extranjero por su cumpleaños ocho. Eran las 11.17 de la noche del pasado 10 de mayo.

“¿Qué pasa?, ¿por qué llora?, ¿por qué no viene a picar la torta?”, se preguntaban todos, quienes, inocentemente, olvidaron que hacía menos de un mes había muerto su papá casi en sus brazos.

Su mamá la abrazó, cariñosamente. Ambas lloraron y el resto calló.

La idea de no festejar el cumpleaños era irrenunciable, porque su papá, su nuevo ángel, no lo habría querido así. Era su única niña, la reina, y, sin pensar que su enfermedad le robaría el momento, ya planeaba este día junto a su esposa.

“Yare”, la matriarca de esta casa, lleva en sí la responsabilidad de criar a dos adolescentes y a una niña, además de trabajar muy duro para que no les falte nada.

***

Hace cuatro años laboraba como cajera en una farmacia en San Francisco, Zulia; pero, renunció para alzar el vuelo. Se fue a Aruba, donde también se trabaja duro, a pesar de ser la “Isla feliz”.

Dos días después de haber aterrizado en la esa Antilla holandesa, donde la recibió su hermano, Raúl, le avisaron que había muerto su abuela materna. Fue un gran dolor, porque era su segunda mamá y sentía cierto desamparo, ya que su madre había fallecido años atrás.

La vida seguía y en Ciudad del Sol, un pequeño sector del municipio San Francisco, su esposo y sus tres hijos esperaban por ella. La situación económica en casa no estaba fácil y “Yare” representaba la buena suerte a la que apostaban. Comida, ropa, medicinas, útiles escolares, todo, en absoluto, esperaba ser costeado por su nuevo empleo. El marido cubría ciertos gastos, pero quedó desempleado y, además, empezó a visitar algunos centros hospitalarios, porque se había enterado de que tenía problemas cardíacos.

Mientras él se dedicaba a ver de sus hijos y cuidar de su salud, a 25 kilómetros al Norte de la península de Paraguaná, noroeste de Venezuela, ella trabajaba, sin documentación, hasta 20 horas diarias para saldar las deudas y cubrir nuevos gastos. Su primera jornada era desde las 8:00 de la mañana hasta las 4:00 de la tarde, en la lavandería de un hotel cinco estrellas y,luego, seguía la segunda desde las 6:30 de la tarde hasta las 11:00 de la noche en un lugar de comida rápida venezolana. Era la mejor preparando más de 100 patacones diarios. Los días libres los ocupaba en limpiar la casa y la oficina de sus jefes particulares. Si aún le sobraba tiempo, limpiaba casas de turistas.

En las redes sociales se veía próspera, sonriente en playas más exóticas; pero los que de cerquita la conocían sabían que esos raticos de ocio los tenía bien merecidos. Y sí, también la vieron triste y llorando, porque el crecimiento de sus niños y la promoción a primer grado de su hija los vivió por vídeollamada.

Así pasaron los días, muchos días…

***

Más tarde, la familia se alegró por la compra de su nuevo apartamento en Venezuela y por haberlo equipado, en su mayoría, con muebles y electrodomésticos nuevos. Ya, al fin, tenía un techo seguro y propio. No faltaban las tortas de cumpleaños de sus hijos, ni hamburguesas los fines de semana. Solo faltaba una persona: su mamá.

“Yare” volvió a Venezuela para la Navidad de 2018. Pudo disfrutar de su familia en el nuevo domicilio, paseos en su carro nuevo y tendió su mano a todo el que pudo.

Para mediados de febrero, emprendió un nuevo rumbo, esta vez de bus en bus hasta Santiago de Chile. Una nueva despedida sin fecha fija de reencuentro. Otra vez hubo palabras de aliento y buenos deseos. Otra vez la recibió su hermano Raúl.

Tuvo nuevas oportunidades y la regularización migratoria que, aunque tardó, fue segura. Retomó la rutina donde apostaban a ella como el infalible 1 del ludo.

Llegó mayo y su hija cumplía siete, otro año donde solo estaba papá y sus hermanos. Mamá desde lejos hacía llegar lindos regalos y, cuánto tiempo lo permitiera el sistema eléctrico y la red móvil, ella estaba del otro lado del teléfono.

Pasaron algunos meses y la salud de su pareja empezó a agravarse, de momentos mostraba una excelente recuperación, pero al tiempo recaía. Bromeando le decía a ella: “yo sé que me queda poco tiempo, pero hasta que no te entregue a los muchachos no me voy a morir tranquilo”. Ella respiraba profundo y le seguía el chiste sin gracia con palabras de aliento, pero a los días decidió tenerlos con ella en Chile.

Puso anuncios en Internet y redes sociales, vendió todo y comenzó la travesía por tierra de su amado y sus hijos. Los cuatro llegaron bien. Animados. Pasaron otra Navidad juntos, con papá aún enfermo, pero juntos. En marzo, ya estaban planeando el siguiente cumpleaños de la niña, pero se adelantó el día de su partida.

Ella por razones ajenas a su voluntad quedó desempleada un par de semanas antes del duelo y entendió que esos días libres fueron para compartir más tiempo con el papá de sus hijos, su pareja desde hace muchos años, su dulce y amargo.

***

El 3 de abril, se dirigieron al hospital San José, en la comuna de Independencia de Santiago, porque hubo otra recaída. Esta vez el miedo se apoderaba de “Yare” porque su pareja se veía mal: la inflamación en las piernas y el área abdominal iba en ascenso y no podía orinar. Le inyectaron Ketoprofeno y, al rato, Tramadol, pero el dolor no cesaba.

La noche de ese miércoles, pocos alcanzaron a conciliar el sueño ya que pasaban las horas y solo se oían quejidos de dolor de un lugar a otro en el apartamento donde viven arrendados. No había mejoría y los medicamentos ya no hacían efecto. Al día siguiente, fueron al consultorio Salvador Allende, en la comuna de Quilicura. El procedimiento fue similar al día anterior salvo que, esta vez, le dieron cita para el 11 de abril para hacerle unos exámenes y diagnosticar el motivo de la inflamación.

La esperanza se acortaba y solo hallaban fortaleza en las peticiones de fe a Dios. Regresaron a casa con el corazón triste, pero con la certeza de que, pese a lo que pasara, confiarían en que sería lo mejor.

La visa de salud de Francisco Aníbal del Valle Serna estaba en trámite y con un número de identificación provisional que ya tenía lo atenderían para la fecha asignada.

El sábado 6 de abril, “Yare” le avisó a una mujer chilena que ayudaba con las ventas de su negocio los fines de semana que no podría asistir y le explicó la razón, pero su hijo menor sí fue. A su vez, el mayor había dormido en casa de una amiga y en la mañana iría a trabajar. Todos ayudaban a la misma señora y a sus hijos en sus negocios y ellos les remuneraban el día correctamente con la intención de ayudarlos pese al riesgo que implicaba poner a trabajar a menores de edad.

Ella decidió faltar a ese único día de ingreso económico para llevar a Aníbal de nuevo al médico, porque amaneció más complicado: la hinchazón de las piernas empezaba a burbujear y le dolía tan fuerte el cuello que no podía mantener la cabeza firme.Él insistió en que se fuera a trabajar porque necesitaban el dinero, pero ella con carácter le dijo que no, que se irían al hospital porque no lo dejaría solo en casa con la niña.

Aníbal terminó por aceptar lo que parecía una terquedad de Yarelis y, esa mañana, ella preparó un rico fororo que había enviado de Venezuela un amigo de la familia y desayunaron juntos el alimento que tanto les gusta. Le pidió que lo ayudara a bañarse y así fue. Ella lo dejó en el cuarto mientras se duchaba junto a la niña.

Cuando entraron a la habitación a vestirse se pusieron a conversar los tres y de repente, sin más, Aníbal cayó al suelo.

¡Se desmayó, se desmayó!”, gritaban mientras hacían fuerzas la mamá y la hija para levantarlo, atribuladas pedían ayuda a los vecinos a la vez que terminaban de cubrir su desnudez. La niña, llorando, abrazaba a su papá y le pedía que por favor se levantara. “Papi, no me dejéis sola, no me abandonéis”, decía.

Entraron los vecinos y una amiga de Yare se llevó a la niña para evitarle en su memoria la secuencia de ese mal momento. Los vecinos llamaron a urgencias y en seguida los primeros auxilios llegaron, intentaron reanimarlo, pero ya no había nada que hacer, había muerto. Lo cubrieron con toallas blancas de la casa, aquellas toallas con las que se secaban después del baño, y dieron el aviso a los Carabineros, la policía chilena.

Eran las tres de la tarde y el cuerpo de Aníbal seguía tendido en el suelo de la pieza. Demoró más de lo estimado, porque en Chile las muertes en los domicilios tienen un proceso de investigación más riguroso. Esto fue un deceso natural, pero la ciencia debía certificarlo.

Policías entraban y salían a cada rato, tomaban fotografías y anotaban las declaraciones. Preguntaban “¿qué pasó?” y “¿cómo?”, también preguntaron: “¿por qué no estaba en un hospital?” y no hubo razón para justificar, solo que debía esperar hasta la fecha programada de su cita.

Pasadas las cuatro de la tarde, llegaron los funcionarios de la medicina legal para hacer el levantamiento del cuerpo. Lo llevaron al Instituto de Servicio Médico Legal de Ciencias Forenses de Santiago para la autopsia. La mayoría estimó, como se acostumbra en Venezuela, que el día siguiente (domingo) sería el sepelio y el lunes la sepultura. Pero apenas empezaba la odisea del dolor.

Como ya se terminaba el horario de trabajo en el instituto solo alcanzaron a hacer el registro y, a primera hora del domingo, los familiares debían entregar la cédula de identidad venezolana del difunto para validar las huellas porque como tenía poco tiempo en Chile no existía su registro en la base de datos.

A “Yare” le informaron que para retirar el cuerpo de su pareja debía comprobar legalmente que estaban juntos, puesto que nunca se casaron o tramitaron alguna carta de concubinato y él no tenía otro familiar directo en Chile más que sus hijos, todos menores de edad.

Para eso, le indicaron a “Yare” que debía dirigirse a la embajada de Venezuela con las actas de nacimiento de los niños con el fin demostrar que tenían hijos en común y le entregaran un poder apostillado que lo certifique.

Esto no fue tan fácil, al parecer ese procedimiento ya había cambiado y ahora el trámite tenía que hacerlo algún familiar consanguíneo del difunto en su país de origen.

El Zulia estaba en plena cúspide de la crisis eléctrica y solo quedaba esperar. Fue hasta el lunes 15 de abril que Yarelis tuvo toda la documentación en mano para hacer el retiro del cuerpo y el sepelio tuvo lugar en una sala multiuso del condominio. Con la caída del ocaso empezó todo.

***

Así como a muchas personas en Venezuela les ha tocado ver a sus familiares esforzarse y prosperar en tierras ajenas por vídeollamadas, fotos y videos, de la misma forma le tocó a esta familia dar el último adiós a su ser querido.

El sueño de devolverlo a su madre para despedirse ideó la posibilidad de repatriar el cuerpo o cremarlo, pero el gasto sería hasta tres veces mayor al de la sepultura tradicional -y ya estaba bastante difícil costear ese método-.

Por suerte, no faltó gente que ayudara. La encargada de la junta vecinal del sector medió por Yarelis ante la municipalidad para subsidiar una parte de los gastos de la sepultura y, entre los miembros de la comunidad y un grupo familiar muy cercano a ellos, se recaudó el dinero faltante.

***

Era verano, era la despedida, era el último día. Su piel morena permanecía intacta, lisa, y la familia que el formó estuvo a su lado hasta el último segundo, ya los muchachos estaban con su madre y él descansaba en paz.

Los restos reposan en el cementerio general de Santiago de Chile. Sus hijos volvieron a clases y Yarelis sigue fuerte, valiente, ya tiene un empleo y continúa trabajando los fines de semana con la chilena que le ha tendido la mano mucho antes de traerse a su familia.

Desde afuera y desde adentro se continúa. La vida sigue.

 

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Syremni Bracho

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