Historias que caminan

Si Dios me da la oportunidad, me regreso a Venezuela sin pensarlo

Gustavo Ocando Alex
Escrito por Gustavo Ocando Alex

Un nicaragüense que ha vivido 30 años en Venezuela se regresa a su tierra natal con la esperanza firme de volver a nuestro país. Cuenta, en primera persona, por qué su familia ha decidido dejar la nación que sienten como suya. Su familia se ha fragmentado en los últimos meses: primero se fue su esposa, luego sus hijos y ahora le toca a él.

Esta es su historia.

Yo me siento venezolano.

Tengo más de 30 años aquí y no me hubiese querido ir nunca. Mi nombre es Luis Bosco Valles. Nací en Nicaragua hace 49 años. Llegué a Maracaibo, Zulia, el 27 de noviembre de 1987.

La ciudad estaba de fiesta: las Águilas del Zulia acababan de ganar la Serie del Caribe. Tuve la dicha de ver a Terry Francona y a toda esa gente. Tenía 17 años.

Mis tíos habían migrado de Nicaragua cuando estalló la guerra civil en los años ochenta. Ellos vivían en La Coromoto, en San Francisco, y nos reportaban que las cosas estaban bien por acá en Venezuela. Nosotros decidimos migrar entonces desde Nicaragua a Estados Unidos, pero, a los dos años, cuando nos encontramos con ellos en Nueva Orleans nos dijeron, convencidos, que Venezuela era una maravilla.

‘Vénganse, vénganse, que vamos a estar desunidos, ustedes por acá y nosotros por aquí’, nos decían. Mi papá decidió que nos viniéramos a Venezuela.

Me quedé en Maracaibo con mis padres y a los tres meses decidimos irnos a Barquisimeto. Allá arrancamos con el comercio de la comida rápida: vendíamos pastelitos, arepas, hamburguesas, panes, empanadas, pepitos. Mis papás, Luis y María Estella Valles, mis hermanos y yo, los preparábamos.

Vivimos en Quíbor, justo enfrente de la plaza Bolívar. En el año 1992, trabajábamos en un mercado de mayoristas, un centro de acopio de comida y víveres que estaba en la autopista Lara-Zulia, llamado El Rodeo. Los comerciantes compraban allí y viajaban hasta Maracay, Valencia, Caracas. Pero, la situación se fue poniendo un poquito difícil en el mercado. Lo cerraron porque hubo accidentes de tránsito: la gente no se detenía en la vía y muchos que venían desde Los Andes tenían que atravesar la avenida, provocando choques fuertes.

Cuando lo clausuraron, ya nos habíamos venido a vivir a Maracaibo en el año 92. Vivimos los primeros meses en Viento Norte. Era una zona lejana entonces. Antes, mi papá y mi mamá y mis tíos se venían caminando hasta acá y esto era puro monte. Apenas estaban comenzando a construir una parte de los edificios de Llano Alto y Loma Linda.

Nos cambiamos de rubro: en vez de comida rápida, vendíamos frutas, verduras, víveres y cosas así. Arrancamos en la urbanización Lago Mar Beach. ¿Qué no se vendía acá en Maracaibo? Viajábamos para Punto Fijo, en Falcón, y nos traíamos todo, lo importado, lo nacional.

Nuestro negocio se la mantenía full. Hasta peleábamos con mi papá para no abrir los domingos, pero los clientes le llegaban a buscar, tocando la puerta siempre para que les abriera y vendiera. Nos fue muy, muy bien.

Bosco, desde que arribó a Venezuela, se dedicó al comercio. Ya sus ingresos se le esfuman de las manos. Foto: Gustavo Bauer.

Migración heredada

Todo se fue dificultando. Todo.

Muchos clientes dejaron de comprarnos cuando comenzó el conflicto político en Venezuela. Eran chavistas y mi papá les decía que ese hombre, Hugo Chávez, iba a dañar al país. No le creían. ‘Esa experiencia se vivió en Nicaragua’, les explicaba. ‘No le estén creyendo’, les decía.

Desde el primer día que Chávez se sentó a hablar con Fidel Castro, dijo: ‘mano, hay que irse’. Mi papá falleció en 2008 a causa de un cáncer, pero ya él tenía sus planes de migrar, de irse a vivir allá, donde todavía tenía su casa.

Ya uno no vende como antes. No tengo ‘las entradas’ de antes. Uno, por ejemplo, antes compraba semanalmente 150 bultos de refrescos de dos litros y ya no tengo ninguna de las dos cavas de Pepsi o Coca-Cola. Las entregamos porque uno no siguió moviendo más nunca esa cantidad de ventas.

Estas neveras se llenaban –golpea con su puño un refrigerador vacío, desconectado, maloliente— estas se compraron especialmente para guardar los filetes de pechuga. Nos daba para vivir cómodamente.

Migro, en parte, porque ese era uno de los proyectos de mi papá. Tengo ese compromiso de cumplirle a mi mamá, de regresarla a su tierra, con sus padres, que aún viven. En el ocaso de la vida, quiero darle ese gusto, que tenga un poquito más de tranquilidad.

Decidí migrar en 2012. Ya estamos montados en el caballo. Mis dos muchachos, Benjamín y Napoleón se fueron a Nicaragua a finales de enero con mi madre. Pronto, me voy yo. Mi esposa, Yaskeny, ya está allá desde hace un mes. Ella trabajó muchos años en un colegio preescolar en la avenida El Milagro, que se llama Doña Allan, donde tenían tres años trabajando sin agua y sin luz. Ella es maracuchita. Se fue a casa de mis tías.

Muchos de mi familia nicaragüense que vivían acá ya se devolvieron. Los que vivían en La Coromoto se fueron hace más de un año. Me cuentan que en Nicaragua se ve la afluencia de inversión extranjera a pesar de los conflictos políticos que hay. El gobierno no está acaparando totalmente los negocios, que es lo que ha pasado aquí.

Económicamente, están mejor. El dólar está al mismo cambio que cuando fui en 2015 a Nicaragua. Es un país que se ha mantenido. La economía de Venezuela solo está beneficiando a cierto grupo, al cogollo. No tengo remedio.

Llegaremos a Managua, la capital de Nicaragua. Me iré en lo que tarde en vender mis cosas acá en el negocio. Voy a buscar comodidad económica, social, para mi familia. Me voy por mis niños.

Es una situación muy difícil la que estamos pasando. A uno le da cosa por ellos: yo estudié en Nicaragua hasta primaria, me fui a Estados Unidos y estuve estudiando hasta cuarto año; siempre a uno le pega, porque pierde sus amistades. Igual les toca a ellos. Me da cosa, porque es toda una vida que queda atrás.

En Navidades, no les pude comprar nada a mis hijos. Tengo tres diciembres sin regalos para ellos. Ya no van al cine, ni al centro comercial. Ya no se comen sus helados como lo hacían, frecuentemente. Ya no disfrutan de muchos gustos que cualquier venezolano podía darse.

Nos estamos asfixiando. Estoy sobreviviendo de las cosas que estoy vendiendo. Vendo lo que sea y compro comida. En cuestiones de horas, toca pagar las cosas más caras.

El regreso

Este nicaragüense asegura que Venezuela es su hogar, y si mejoran las condiciones, se regresa. Foto: Gustavo Bauer.

Si aquí cambian las cosas, yo vuelvo.

Venezuela es un hermoso país. ¿Cómo no voy a estar agradecido con esta tierra, con tanto que me dio, con tanto que disfruté? Este es un país bendecido por todos lados. Yo estaré con mi boleto preparado, ahorrando por allá para volver.

El condimento que le ha dado el venezolano al extranjero, sin duda alguna, es invaluable. Me duele ver cómo un hermano venezolano puede estar sufriendo en Perú, Ecuador y otros países por la xenofobia. Yo jamás experimenté eso en Venezuela. Aquí me acogieron.

¿Sabes qué me gusta de este pueblo? A pesar de la gravísima situación que estamos viviendo, no perdemos la esperanza. Es una gigante bendición, no perder la esperanza. El gobierno, creo, ha jugado a eso. No lo ha logrado, al menos no por completo.

A nosotros nos ha ayudado mucho la convicción de la fe católica. Me he convertido en un fiel devoto de La Chinita. No pierdo la esperanza, ni la fe. Todos los días le pido a ella por Venezuela.

Allá en Nicaragua, lejos de mi Venezuela, seguiré con mis oraciones por este país. Dios es quien tiene la última palabra. Si Dios me vuelve a dar la oportunidad de regresar, me regreso sin pensarlo.

Sobre el autor

Gustavo Ocando Alex

Gustavo Ocando Alex

Colaborador de Papagayo News.
Licenciado de Comunicación Social.
Profesional con amplia trayectoria como periodista, exjefe de edición y corresponsal de distintos medios de comunicación nacional e internacional.

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