Opinión

ROMA, la ciudad perdida y el tiempo recobrado

Fotograma de ROMA (Alfonso Cuarón) 2018
Manuel Ocando Finol
Escrito por Manuel Ocando Finol

ROMA (2018), la más reciente cinta del galardonado director mexicano, Alfonso Cuarón, toma su nombre de la famosa colonia de clase media, ubicada en la capital mexicana. Pero, ROMA es mucho más que eso, siendo una película llena de metáforas, referencias y signos.

Mi primer acercamiento al comentado largometraje se produjo al ver un póster del filme, estampado a una vidriera en una parada de colectivos. La bella imagen, producto de la impecable labor de fotografía realizada por el mismo Cuarón, e inspirada en el trabajo del “Chivo” Lubezki, mostraba a una familia abrazada a la orilla de una playa, posiblemente a la hora de la caída del sol. El título, en letras grandes y en amarillo, me refería a la capital italiana; pero en mi mente, los caracteres se fueron reagrupando para crear otro significado del significante, develando así el anagrama AMOR. Y, definitivamente, el gran tema de la película es el del amor y así lo revela la dedicatoria hacia el final, que reza: “A Libo”, quien fue la inspiración del personaje de Cleo para el Cuarón.

Lo otro resaltante del referido afiche es que la película sería estrenada por medio de la plataforma Netflix, mediante la cual finalmente tuve acceso al largometraje; y con respecto a esto, debo confesar mi posición en torno al debate de si las películas deben ser experimentadas en la sala del cine o desde cualquier medio, y en ese sentido afirmar que el gran cine, el Cine, con mayúsculas, es apreciable desde cualquier dispositivo del que nos sirvamos para disfrutarlo. Y es que lo contrario nos demuestra la veracidad de lo afirmado: ver una película mala en un teatro, con una pantalla gigante, no la hace necesariamente mejor y ROMA, sea donde sea vista, es una gran película.

Rodada en blanco y negro, la película nos establece desde su comienzo en el terreno nostálgico, pero aquí la nostalgia no solamente es la evidente rememoración del México de la época del mundial de fútbol del 70 y la propia niñez del realizador, también hay una nostalgia cinematográfica. ROMA está rodada con una fuerte influencia del neorrealismo italiano, recordándonos a las clásicas obras maestras tempranas de Rosellini y de Fellini, preocupadas por la temática social, la cotidianidad, por los personajes reales de esa cotidianidad y con un tinte marxista, enfocado en las vidas de la burguesía y las diferencias con el proletariado. Asimismo, pienso que a pesar de que la película está firmemente ambientada en un tiempo y espacio, los hechos narrados resuenan con facilidad en todas las latitudes latinoamericanas. Es una historia que pudo suceder igual en México D.F., Caracas, Lima o Bogotá.

El uso del blanco y negro, además de su elegancia, también nos aporta el poder establecer una asociación evidente hacia la diferencia, hacia el contraste. En efecto, la película se preocupa por establecer un contraste y mostrar la lucha constante entre blancos y mestizos, ricos y pobres, adultos y niños, malos y buenos, educados e iletrados y en especial, entre hombre y mujer. Y en una época en la cual desde muchas sociedades se clama por el derrumbe del modelo patriarcal, el cual por cierto en la película es fuente de mucho dolor y en tiempos de la toma de posesión del nuevo presidente socialista mexicano, Andrés Manuel López Obrador, quien ha sembrado esperanzas de terminar con desigualdades históricas, esta producción no solo resulta poderosa desde el punto de vista estético, también es potencialmente explosivo desde el plano político.

Todo esto me ha hecho pensar que quizás el único defecto de ROMA reside en su carácter extemporáneo: esta cinta debió rodarse, para empezar el referido y necesario dialogo que sugiere, hace mucho tiempo. Pero quizás era necesario primero que el director viviera esta realidad, para poder luego ponderarla y devolvérnosla como un reflejo, como el reflejo en el agua que vemos al principio de la película.

El agua y el tiempo son otros de los temas recurrentes en ROMA, los cuales quizás nos quieren transmitir la idea de que la nostalgia que sentimos por esos tiempos remotos, aparentemente mejores, debe ser revisada y que quizás en nuestras sociedades actuales, nos encontramos hoy en una posición de mayor madurez para abordar la problemática que el film plantea. A propósito del tiempo y el agua, es necesario resaltar otra influencia cinematográfica, muy distante a la del neorrealismo italiano, y es la del cineasta ruso Andrei Tarkovsky.

La película toma muy en serio su teoría de ver al cine como una labor de esculpir en el tiempo y, además, juega con los elementos, especialmente con el agua, la cual tiene una fuerte presencia en ROMA y a su vez en la filmografía del genial realizador ruso. En lo particular, me gusta pensar que la película también tiene una influencia literaria, porque al verla pensé constantemente en el D.F. de Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño; y, al presenciar la escena de la playa en Veracruz, recordé su cuento Últimos atardeceres en la tierra. No obstante, estoy consciente de que esta es una impresión caprichosa y muy personal que leo en la película.

Además de todas las referencias aludidas, es importante destacar que ROMA también es autorreferencial y el director se preocupa por insertar guiños de películas de su propia trayectoria como cineasta, la cual no podemos clasificar precisamente de homogénea, habiendo participado en proyectos tan disimiles como Y tu mamá también (2001), Children of men (2006) y Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004), siendo la más palpable de estas autoreferencias la escena del cine que proyecta una situación muy similar a la secuencia más dramática del film que le ha dado al director su mayor reconocimiento hasta la fecha, Gravity (2013).

En definitiva, arriesgándome a sonar exagerado y superlativo, me atrevo a catalogar a ROMA como la mejor y más grande película latinoamericana hasta ahora filmada, no solo por su exquisito estilo, su impresionante fotografía y el inteligente uso de las fuerzas de las imágenes para contar una historia y recobrar una época, sino también por la genialidad en el tratamiento artístico de su muy relevante temática.

Si pudiéramos atribuirnos la autoría de esta película como sociedad en conjunto, me gustaría pensar que en Latinoamérica tenemos el talento y la capacidad suficiente como para solucionar los muchos problemas que nos agobian, y de resolverlos alcanzando la misma potencialidad estética que hemos logrado con este film.

Quizás por eso la última sensación que me dejó ROMA fue una de esperanza.

 

 

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Manuel Ocando Finol

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