Historias que caminan

Migrantes: pájaros que vuelan con un ala rota

Juan José Faría
Escrito por Juan José Faría

No me fui del país, el país se fue.

Dicen que hay que tener coraje para ser inmigrante, aguantar la golpiza y seguir de pie y de frente, pero realmente lo que se necesita es no tener opción. Y eso era lo único que tenía: ninguna opción.

En realidad, nadie quiere irse. Nadie quiere convertirse de la noche a la mañana en un recién aparecido sin nombre, sin profesión, sin experiencia, sin pasado ni presente. Nadie quiere caminar por calles desconocidas ni buscar una cédula de identidad diferente. Nadie quiere ver de lejos a sus familiares, ni hablar de lejos con sus amigos. Nadie quiere preguntarse en medio del frío, qué estaría haciendo hoy en su acalorada ciudad. Nadie quiere caminar solo por centros comerciales ni comprarse un carro y no tener a nadie a quien llevar a su casa porque se hizo tarde. Nadie quiere vivir lo bueno sin tener con quien compartirlo.

Y es ahí, entonces, cuando doy vuelta y noto que los tiempos amargos del recién llegado ya desaparecieron.

Que no era alguien sin profesión –soy periodista― ni experiencia, sino que debía tener un poco de paciencia.

Ya tengo todo lo que esperaba: estabilidad laboral, respeto, esperanza de un buen futuro, normalización de mis documentos, carro, casa, solvencia. Pero pienso en Venezuela otra vez. En mi familia. En mis amigos. Sí, quería todo esto, pero allá. Para eso trabajaba. Podía tenerlo, lo merecía.

Era un buen ciudadano. Era el bobo que respetaba las leyes que nadie respetaba. Porque cuando no ofrecía dinero en la cola, nadie me comprendía y me decían “tacaño”, porque esperaba que el mecánico me diera factura, porque pensaba que el sobreprecio era robar.

Merecía todo esto allá y alguien me lo quitó.

Me lo quitó el que pagaba en la cola, el amigo del mecánico, el dueño de la tienda de víveres. Todos ellos, que tienen a un amigo en el Gobierno, que tienen los contactos, que están “enchufados”. Ellos viven mejor que yo. Porque yo aquí, en Utah, tengo todo lo mismo que tienen ellos; pero ellos están allá, y yo aquí.

Ya no me robaron el dinero ni la tranquilidad. Me robaron el país, me lo dejé robar. Pero no tenía ninguna opción. Y por eso estoy aquí. Por eso mejoré cada día y me aguanté las lágrimas. Por no tener opción. Pero sin mi familia, sin mis amigos, sin mi país.

Fue el país que dejé antes de partir, pero no en el que crecí.

No me fui del país, mi país se fue.

Se lo llevaron los criminales.

***

Sería más llamativo comenzar este relato, contando de los momentos de discriminación que sufrí en las calles de Miami, mi primer destino; de cómo ahorré centavo a centavo para poder comer y cómo dormí en el suelo por varios días hasta que al fin un ser bondadoso me ayudó a mirar alguna oportunidad en medio de mi perpetua depresión.

Pero no fue así. Sí, nadie me esperaba con empleo, dejé el periodismo en Venezuela y he tenido que trabajar diez horas seguidas de pie y con descansos de media hora. Pero eso no es tragedia para mí. Lo hace cualquiera. De hecho, aunque no me daba cuenta, miles de personas lo hacían en Venezuela por menos de lo que gano ahora.

Soy un pájaro que vuela con un ala rota.

Alzar vuelo es más difícil porque se lleva la procesión por dentro, la soledad a cuestas y una niebla en los ojos. No es fácil, nadie dijo que lo sería; pero lo más difícil es lidiar con esos sentimientos que saltan y resbalan en cada tropiezo o en cada sobresalto.

Cuando salí de Venezuela dejé a mis padres, a mis hermanos, a mis hijas, a mis amigos y todo lo que fui. Mi maleta estaba a medio llenar, porque me habían asaltado tantas veces que ya no me quedaba más que un montón de libros que nadie roba.

Un militar, somnoliento y aburrido, me paró, a las 6.00 de la mañana, en el aeropuerto La Chinita, Maracaibo, para revisar mi equipaje. Abrió el cierre y miró con sorna y extrañeza su interior. Sacó uno a uno los libros: Edgar Allan Poe, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Eduardo Sánchez Rugeles salieron de primero. Cuánta basura, habrá pensado. Sacó un disco de Fito Páez que me habían regalado y una carta, hecha con creyones, que mis hijas escribieron para mí.

–¿Qué es esto– preguntó el soldado.
–Es La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa– le respondí.
–¿Quién es ese?
–Un güevón que escribe– le dije, haciendo esfuerzos para que entendiera.
La gente está tan mal que lo que lleva son libros– me ripostó, quizás, frustrado porque no encontró objetos costosos.
–La gente está tan mal que no lee– pensé.

Es cierto que los delincuentes me habían quitado todo, por eso en mi maleta me traje lo que me recordaba lo que fui y lo que tenía: recuerdos.

Han pasado tres años desde entonces y, la verdad, no he vuelto a leer. Los libros y los recuerdos están apiñados en la esquina de mi cuarto y nunca he vuelto a leer, nunca he vuelto a comprar y no me he vuelto a interesar por hojear, de nuevo, aquellas páginas. Porque sí, repito, lo que fui se quedó allá y aquí solo soy un recuerdo de lo que fui. Y eso es lo que añoro, y es lo que extraño, y es lo que me hace llorar aunque ya no existan delincuentes, ni dictadores, ni amenazas de muerte. Aunque ya tenga carro y casa. No es lo mismo ni lo será.

Ahora, estoy feliz, en medio de mi nostalgia. Venezuela no deja de ser una nostalgia y no dejo de tenerla en el medio: mis hijas conmigo, un futuro prometedor para ellas, tranquilidad y facilidad para ayudar a los míos que están allá. Pero sí, soy otro, que solo trabaja, que no lee, que no va al museo y que antes de dormir, en medio de la paz y la armonía, recuerda su nostalgia.

La felicidad en medio de la nostalgia perpetua, eso es la migración.

***

Todo lo anterior lo escribí hace unas semanas. Hoy, desperté entre mis sábanas calientes con un dolor en el pecho: la madre de mis hijas regresó a Venezuela con ellas. Me dijo que no podría hacerlo, que extraña su vida, que en este país la gente solo vive para trabajar y que las cosas materiales abundan tanto y la obtienes con tanta facilidad, que no tienen ningún valor. Que sí, que tiene más que lo que quiere; pero no quiere lo que tiene y no puede tener lo que quiere. Qué confuso. No quise entender.

–Escapé de la muerte en Venezuela para darles una mejor vida a mis hijas. Allá no importa cuánto dinero les envíe, siempre estarán mal– le dije, en una discusión.
–Tenemos muchos años viviendo así, ¡qué importa!– me respondió llorando.
–Mi hija menor no conoce otro gobierno y la mayor ha crecido de sobresalto en sobresalto, escuchando de homicidios, secuestros y persecuciones. Piensa en las niñas.

Ella lloraba.

Me dijo, también, que sabe que debe quedarse pero que también sabe que quiere irse. Que aquí se acabará todo lo que fue en Venezuela, lo que tanto le costó obtener. Que no puede dejar de llorar, al verse abandonando todo y que espera que su país regrese en cualquier momento.

–Ya te lo quitaron todo. No sigas insistiendo.
–Eres egoísta, sólo piensas en ti que ya has hecho tu vida aquí y solo te hace falta tener a mis hijas para estar pleno.

Ella quiere ser feliz con sus hijas en nuestro país, yo no puedo serlo en este sin mis hijas.

Ella tiene esperanzas, ya yo las perdí.

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Juan José Faría

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