Opinión

Los venezolanos en “la era de la migración global”: derechos de los inmigrantes

José Luis Monzantg
Escrito por José Luis Monzantg

Según la ONU –con documentos de 1948, 1965 y 1990– los inmigrantes tenemos derechos universales, tales como el propio derecho a emigrar.

Es lo que establece la UNESCO, y así debe seguir siendo, pero en el terreno real de los acontecimientos lo que sin duda tenemos garantizado es, apenas, el derecho a la vida. Ningún nacional, ningún propio del lugar puede matar a un inmigrante porque matar está penado por la ley.

Sin embargo, “Yo no soy de aquí, pero tú tampoco”, dice Jorge Drexler. En el deber ser, es perfecto, sintetiza todo; pero en la cotidianidad rasposa de todos los días no nos hagamos muchas ilusiones. Nosotros no somos de aquí y ellos sí. Serían nuestros hijos y nietos quienes, como ha sucedido a lo largo de los siglos, se reconocerán y serán reconocidos como de aquí.

En el mundo real, no solo en el de las buenas intenciones, quienes son del país donde llegamos asumen su “nosotros” y a quienes recién llegan los ven como “ellos“. Su “nosotros” no es nuestro “nosotros”. Nuestro nosotros es el de los otros que no somos de aquí. “Ustedes van llegando, nosotros somos de aquí“, bien podrían respondernos. Y sospecho que tendrán razón.

Tanto el “Nadie es más de aquí que tú”, de Miranda July, como el “Yo no soy de aquí, pero tú tampoco”, de Drexler, aunque reclamo humano lleno de sabiduría, ternura y universalidad, llegan a tener un tono atrevido e incluso hostil frente a los propios del lugar. Y todo tiene un costo.

Prefiero comportarme bajo la premisa de que estamos llegando a la casa de otro, en la cual debemos adecuarnos a sus reglas y, a veces, según algunos de sus deseos más movedizos.

¿Qué tipos de inmigrantes estamos siendo los venezolanos?

Ante todo, somos “migrantes internacionales” forzados por las crisis económicas y sociales de nuestro país, a lo que se une la saturación política, electoral y gubernamental de un totalitarismo que se hace llamar de izquierda.

Y, dado el mundo actual –con sus crisis económicas y su inestabilidad en los centros de poder, debido al enfrentamiento creciente entre Estados Unidos y China por el control del comercio internacional–, quizá algunos de los inmigrantes del siglo XXI no nos podremos establecer para siempre en un solo país.

Según el caso, podríamos no consolidarnos como “inmigrantes permanentes”, como sí lo hicieron, por ejemplo, italianos y judíos en Nueva York y Buenos Aires; o italianos, españoles, portugueses y árabes-musulmanes en Caracas y Maracaibo.

Esto se debe a que, por tratarse de una “migración forzada”, improvisada e incompleta, estamos saliendo sin nuestras familias, y, en consecuencia, algunos “migramos en círculos”: saliendo, entrando, regresando al primer país de acogida y, de ahí, a otro u otros países.

Y como hemos salido con el objetivo de traer luego a nuestras familias, también estamos construyendo grandes “cadenas migratorias”. Al menos los venezolanos, hasta a nuestros amigos estamos dispuestos a ayudar a salir, de manera que esas cadenas se extienden, se agrandan aún más.

Por otra parte, según los estudiosos, gracias a las redes sociales nos estamos convirtiendo en “migrantes transnacionales”: seguimos amarrados al país de origen, interconectados con nuestras familias, muchas veces numerosas, que siguen allá. Además, algunos tenemos hermanos en distintos países, no solo en nuestro país de origen.

Gracias a esta transnacionalidad, te cantan el cumpleaños por Skype o por WhatsApp y, aunque es un trago grueso, parten la torta y la comen en tu nombre.

En algunos casos, los venezolanos estamos generando una “inmigración irregular”. Llegamos como turistas, luego pedimos la regularización y algunos gobiernos no están contentos con esa forma de proceder. Sienten que sus “leyes migratorias” han sido vulneradas.

A pesar de la gravedad del drama venezolano, de una realidad más parecida a una guerra que a cualquier otra cosa, lo cierto es que, en los países a donde llegamos, no nos consideran ni “refugiados” ni “asilados”. Solo inmigrantes.

Otra característica importante es que, como consecuencia de la política de Estado obstructiva en Venezuela, somos un negocio importante para el mantenimiento del gobierno y de su orden interno, e incluso externo.

A la manera de cubanos, mexicanos, centroamericanos de los últimos 40 años del siglo XX, lo que se mantuvo también para ellos a principio del siglo XXI; enviamos dinero a nuestras familias –las famosas “remesas”– y de esa manera contribuimos para que el gobierno rojo se mantenga en el poder, pues son muchas las familias que, sin este dinero, habrían muerto o de hambre o por la represión mientras protestaban en la calle.

Un amigo me recordó que, desde hace años, la inflación en Venezuela también está dolarizada, y entonces veo cómo las remesas contribuyen a esa distorsión.

También somos parte de un negocio lucrativo para otros venezolanos, dentro y fuera del país. Los de adentro se benefician al recibir dólares vía remesa y, según el cambio del día, se quedan con 10 o 20 % de su equivalente en bolívares. A veces, más.

Si durante siglos tantos venezolanos dentro de Venezuela se han enriquecido con el trabajo mal pagado a cientos y miles de venezolanos, no es anormal que lo hagan afuera. Aunque la mirada moral podría exigirles solidaridades, lo cierto es que funcionan perfectamente bajo la lógica del poder, del dinero, y, guste o no, es la forma como funciona la economía internacional.

De cualquier modo, desde la mirada del empresario, ¿qué diferencia hay entre pagar poco a un venezolano dentro o fuera de Venezuela?

En todo el mundo, a lo largo de la historia, inversionistas y empresarios han explotado a sus connacionales. No es sorprendente, entonces, que lo hagan mientras están afuera. Sobre todo porque, además de conocer el mercado laboral local y de hablar el mismo idioma, mantienen algún tipo de vínculo o simplemente le preguntan a alguien que tenga el número de teléfono, el correo o el usuario en las redes de potenciales interesados.

Insertos en el Capitalismo de plataformas

Los venezolanos –inmigrantes y no– estamos contribuyendo a consolidar el llamado “capitalismo de plataformas”; es decir, uno de los momentos más improductivos del capitalismo, pues en general son bits, impresos sobre papel o no; para ser mutados en dinero, físico o no.

Entramos mejor que muchos en el capitalismo de plataformas porque somos baratos y porque Venezuela estaba entre los países con la educación universitaria más barata del mundo, incluyendo la privada. Esto permite contratar personal calificado por el más bajo precio.

A una amiga, arquitecta y profesora universitaria, un cliente venezolano le reclamó, en 2018, que si ella en Venezuela cobraba 2 dólares al mes como profesora, por qué a él le iba a cobrar 5 dólares por un trabajo de unas horas en una computadora.

A mí, en 2017, un venezolano que me contrató para que subcontratara venezolanos me dijo, sin disimulo, que les ofreciera poco porque los venezolanos “con 2 dólares son felices; con 10, cantan el himno nacional”.

La migración como problema global

 La migración de principio del siglo XXI se desarrolla en medio de una crisis internacional del empleo debido, entre otras cosas, al avance del capitalismo de plataformas, a robots construyendo casas, etc.

Además, la situación se agrava debido a la tendencia histórica según la cual los totalitarismos exportan inmigrantes, tales como lo hicieron la Unión Soviética durante casi todo el siglo XX; los países de Europa del Este como área de influencia geopolítica de los soviéticos; la Cuba totalitaria y feudal de los hermanos Castro, también bajo influencia soviética; los totalitarismos africanos o las dictaduras de derecha de los países del “Cono Sur”, durante los años 60, 70 y 80 del siglo XX.

Todos exportaron migrantes del modo que a principio del siglo XXI lo hacen Venezuela y Nicaragua, y lo siguen haciendo Rusia, Turquía Siria y, aunque en menor medida, Corea del Norte.

Estamos presenciando migraciones de película

En general, las crisis exportan inmigrantes y a veces son migraciones de película. Los medios de comunicación tienen en su agenda diaria los problemas que genera una inmigración masiva digna de Hollywood tanto hacia el sur de Estados Unidos y de Europa, como en Italia y en Croacia; pero también en la frontera norte de Brasil con Venezuela o en la amplia línea fronteriza entre Colombia y Venezuela.

Tal como empezaron las migraciones que desde hace 40 mil años salieron de África para poblar Europa y el mundo; principio del siglo XXI vuelve a ser testigo de la era de las migraciones multitudinarias, ya sea en pequeñas embarcaciones mortuorias que cruzan el Mediterráneo; en caravanas de venezolanos caminando miles de kilómetros hacia el sur, de hondureños caminando miles de kilómetros hacia el norte, o de asiáticos caminando miles de kilómetros hacia el suroeste Europa.

Presenciamos, otra vez, la era de las migraciones masivas que dislocan lo poco del equilibrio internacional que queda después de las crisis financieras ocasionadas por lo que se nos pidió ver como la globalización de la tecnología, de los mercados y del progreso.

Es en este marco político y económico internacional en el que, nosotros, inmigrantes venezolanos de principio del siglo XXI, nos encontramos entre los indeseados del mundo.

Y ha sido así por el número de los que hemos salido y por la cantidad creciente de los que quieren salir; pero también por el tipo de conductas de algunos de los que ya están afuera. Es esto lo que ha contribuido a que nos estemos haciendo indeseables en los países de acogida.

En mi caso personal, siempre prefiero saber que no saber. Por eso creo conveniente tomar conciencia de que, aun sin proponérnoslo, los inmigrantes venezolanos somos parte de un problema global. Estamos generando problemas voluntarios e involuntarios en las ciudades a las cuales llegamos.

Al ocupar puestos de trabajo, por ejemplo, los propios del lugar no van a estar precisamente contentos. Además, quienes se arriesgan a conseguir empleo sin la documentación en orden, se ven obligados a recibir menos sueldo sin beneficios, lo que atenta contra los trabajadores propios del lugar, pues a ellos sí están obligados a pagarles según los rigores de ley, por lo que los empleadores prefieren abaratar sus costos de producción contratando inmigrantes ilegales.

Los problemas se agravan en países con crisis económicas que, sin embargo, para nosotros están en mejores condiciones que el lugar de dónde venimos, y esto se debe a que mantienen condiciones óptimas en la oferta de bienes y servicios.

Dado el mundo, en general somos, como otras, una inmigración indeseable. Aunque, en la experiencia estrictamente personal, eso estará condicionado por el tipo de seres humanos con quienes nos toque convivir y qué tipo de personas es cada uno de nosotros.

Pero más allá de lo cualitativo, de nuestra conducta personal, la perspectiva sobre nosotros cambia cuando se trata de inversionistas o de profesionales de alta demanda y especialización. Médicos e ingenieros no solo están siendo mejor recibidos; están comenzando a ser requeridos. Los gobiernos de los países que nos reciben comienzan a poner orden a nuestra inmigración y, con sus ofertas de facilidades o no para la obtención de la ciudadanía, compiten entre sí por profesionales e inversionistas venezolanos.

Sobre el autor

José Luis Monzantg

José Luis Monzantg

Escritor. Editor. Corrector. Docente Universitario.
Una vida dedicada al libro

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