Opinión

Los venezolanos en la era de la “migración global”: ¿Cuántos venezolanos hay en el mundo?

Quedan preguntas por respondernos, como ¿cuántos venezolanos hay en el mundo? Aunque se estima que para mitad de 2018 sean más de tres millones, el gobierno de Venezuela no ha dado una cifra oficial de salida del país sin retorno efectivo.

Entre los países que actualmente ofrecen mejores oportunidades para venezolanos se encuentran Italia y España. Así como otros países de la Unión Europea de donde tus padres y abuelos son originarios.

¿Hasta qué punto Venezuela se está convirtiendo, también, en exportadora de delincuencia? ¿Cuántos venezolanos hay presos justificada e injustificadamente en otros países?

Si Venezuela fue receptora de inmigrantes de españoles, italianos, argentinos, chilenos, ¿por qué esos países no nos aceptan mejor de cómo lo han hecho?

Saquen de la cabeza esa idea según la cual aquellos países de donde más llegaron inmigrantes a Venezuela en los años 40, 50, 60, 70 y 80 del siglo XX, estarían obligados a recibirnos heroicos y merecedores de todo agradecimiento.

No hay duda de que, como receptora de inmigrantes, Venezuela fue excepcional. Tanto, que quedaba en evidencia cierto complejo de inferioridad y de vergüenza étnica frente al extranjero, sobre todo si eran europeos y estadounidenses, pues a ellos se les daban, en primera instancia, los mejores empleos bajo la premisa de que por el solo hecho de ser extranjeros lo harían mejor.

Tampoco hay dudas de que eso sucedió, desde principio del siglo XX, debido a la bonanza petrolera que se inaugura, en 1914, apenas comenzada la primera guerra mundial y se consolida tras la segunda guerra mundial. Boom petrolero que se apaga a principios de la década de los años 80, con las crisis de la deuda externa en los países de una América Latina en el contexto de la expansión del neoliberalismo como puesta al día del capitalismo liberal.

Nos corresponde educarnos para ser inmigrantes

Llegado aquí, lo primero que se me ocurre es que no es cierto que los inmigrantes parten de cero. Lo que sí puede llegar en cero son nuestras cuentas bancarias y hasta nuestras maletas. Nosotros, en cambio, venimos llenos de nosotros con todo lo que eso implica. Traemos nuestra experiencia personal ajustada a la edad que tenemos y a las circunstancias bajo las cuales estuvimos en Venezuela los años anteriores.

Aunque no seamos excepcionalmente melómanos, traemos nuestra música. No importa si la traemos en la laptop o en el celular, pues viene en nuestra memoria personal. Nuestros libros favoritos también vienen en la maleta. Pero lo importante es que en la memoria venimos nosotros. Nuestra memoria es nuestra casa, dice Ángel Lombardi (@lombardiangel). Somos nuestra casa.

  • Quizá, sobre todo, traemos nuestros hábitos alimenticios. BBC Mundo apuntaba que la comida venezolana está convirtiéndose en algo así como la comida china del siglo XXI.
  • Nunca hablen mal de su país de origen. A quienes lo hacen, no los respeta nadie. Cuando hagan críticas relacionadas con su país, sean específicos con que, por ejemplo, están criticando al actual gobierno de Venezuela. No a Venezuela.
  • Jamás hablen mal del país de acogida. Nunca, en ningún sentido, ni en público ni en privado. Eso solo lo hacen los necios.
  • Conozcan la idiosincrasia, lo que de específico hay en el alma de los seres humanos del país al que llegan. Estudien las leyes, sus normas no escritas, toda la producción de símbolos, de cultura de ese país.
  • Cambien. Aprovechen para deshacerse de vicios, ruidos, pesares, amarguras y reconcomios.
  • Si lo han hecho, dejen de hablar a gritos. Hagan ajustes en su tono de voz. Se puede. A mis 30 años todavía hablaba con tonos fuertes, y logré moderarlo muchos años antes de salir.
  • Si siempre son espontáneos, sepan que eso, en todos los sentidos, los pone en desventaja. Aprendan a que los demás no siempre vean en qué están pensando.
  • Olvídense de su habitual comportamiento público en Venezuela. Desaprendan eso también. Saquen de raíz el chiste, sobre todo si es el chiste fácil que más de un venezolano hace en todo momento y lugar.
  • No es cierto que uno debe comportarse exactamente igual en todo momento y lugar. Tampoco sirve aquello de “sé tú mismo’ siempre. Eso solo lo recomiendan los felices por exceso de insensatez, los insensatos por exceso de felicidad.
  • Aprendan a comportarse según los usos generales del lugar a donde lleguen. Incluso, según la zona o sector donde se residencien. Lo inteligente es hacerse maleables, moldeables.
  • Las cosas se llaman como las llaman los propios del lugar donde estamos. Olvídense de otra cosa y aprovechen también eso para enriquecer su vocabulario. En estricto sentido, a quienes nos toca, estamos ampliando el uso del español. Con toda seguridad, así está sucediendo en lo semántico, debido a los diferentes significados de una misma palabra en diferentes países o de diferentes palabras para una misma cosa, una misma fruta. Pero también, a veces, en lo fonético, pues no solo palta es aguacate, y papaya, lechoza; llegar puede convertirse casi en “shegar”. Luego están esos acuerdos verbales –propios de grupos pequeños– que son las “expresiones”, y que solo tienen sentido ahí, entre ellos. Como el “no pasa nada”, “no, por favor” o “hacete cargo”, de los porteños. Con respecto al uso de las expresiones, un joven compartió que después de preguntarle una dirección a un policía en Santiago, el policía le preguntó si él era marico. Al ver la cara del joven, el policía le aclaró, chamo, marico, ¿así es como ustedes se dicen, verdad? El joven le explicó que es una forma de llamarse entre amigos, pero que dicho por otras personas podría generar incluso algún tipo de problemas. Es como si en Buenos Aires alguien dice “me chupo la concha”. Es casi una blasfemia sexualizada, mientras un oriundo de Maracaibo lo haría para exagerar lo bueno que estaba un mango, por ejemplo. O quizá solo lo diga para hacer el alarde de un alarde como parece serle propio.
  • Si son impuntuales, el mundo ha tenido tiempo para enterrase de que es un problema endémico en Venezuela. “Los venezolanos son impuntuales“, se escucha decir con frecuencia. De manera que, en algunos casos, por esa causa quizá o no consigan trabajo o los despiden. Si algo puede hacerse notar es nuestra impuntualidad.
  • Lo más factible es que los propios del lugar nunca lleguen a vernos como se ven entre ellos. Piensen en cómo miran a un latino caribeño, con su piel morena y su voz estentórea, en el metro de Berlín un grupo de neonazis. Pregúntense cómo se refieren a nosotros cuando no escuchamos a los propios del lugar.
  • Aprendan a manejar sus emociones y olvídense de la rabia fácil. Lean “El príncipe” y “El arte de la guerra”, por ejemplo, y aprendan a calcular el costo que tiene todo tipo de conducta en público, sobre todo de las conductas más innecesarias. Y calculen, también, el beneficio de las conductas más apropiadas.
  • No tienen que preocuparse por poner en alto el nombre del país. Por un lado, no tenemos muchas opciones ni posibilidades de lograrlo. Por otro, basta que hagan bien lo que les toque. Preocúpese cada uno por hacer todo lo mejor posible y, si puede, ayude a un amigo a que lo logre. No somos responsables del comportamiento personal de cualquier otro venezolano que no seamos nosotros. Ni del comportamiento de nuestros hermanos consanguíneos, siquiera.
  • No se aíslen ni creen guetos. Insértense en los grupos de amigos de sus amigos o conocidos. Pero apóyense en otros venezolanos y apoyen a todo venezolano que les sea posible. Un amigo, que tiene 5 años en Buenos Aires nos dijo que no suele ir a donde hay muchos venezolanos porque, sin importar cuánto tiempo tienen ya fuera del país, se quejan de todo, todo el tiempo. Podría decirse que solo se reúnen para quejarse, sin ánimos de terapia, siquiera. Más bien como por ese deporte en que algunos han convertido perder el tiempo.
  • Eviten hacer el ridículo. Nos están observando. Los están observando. Y es a partir de nuestro comportamiento personal que sabrán diferenciarnos de aquellos que no se prepararon, siquiera, para ser inmigrantes.
  • Estamos frente a otro problema y es ese cuando la muerte llega afuera. Muchos venezolanos están muriendo afuera, algunos solos, otros sin dinero para ser enterrados. Aplica el refrán según el cual más de uno de nosotros no tiene dónde caer muerto. Mejor morir habiendo dejado claro que, si no teníamos dinero, no generemos gastos a nuestras familias ni a nuestros cercanos. Me pregunto cómo resuelven los gobiernos esos casos y lo que me respondo no es halagüeño. Sea como sea, encarguémonos antes de molestar lo menos posible, y asegurémonos de que alguien envíe una foto nuestra a nuestras familias. Preferiblemente una en la que hayamos sonreído para que nos recuerden en un momento mejor.
  • Pasé seis meses con el mismo par de zapatos. Recorrí a pie una ciudad magnífica con los mismos zapatos hasta que, roto el derecho, y después de varios resbalones que amenazaban con torceduras de tobillo, pude comprar el sustituto. @soywal_e estaba incómoda y, aunque no creo que lo estuviera más que yo, varias veces le dije: “Somos venezolanos, estamos en estado de necesidad y el mundo lo sabe“. Así que compramos el sustituto solo cuando estuve seguro de que no ponía en riesgo ni el alquiler ni la comida. Es como estamos, es lo que somos algunos de nosotros: inmigrantes en estado de necesidad. Y ni inventamos el género ni va a morir con nosotros.
  • No generen problemas de ningún tipo, sobre todo porque, debido a las crecientes dificultades que están poniendo a los venezolanos para entrar en los países que se han visto obligados a recibirnos masivamente, podría sernos más difícil movernos.
  • Más que cualquier otra recomendación, si en algo quiero insistirles es en que ganen cualquier discusión. ¿Cómo lo harían? Pidan disculpas a quien quiera que sea con quien hayan tenido alguna diferencia o malentendido, sobre todo si es con los propios del lugar. Sean siempre los más educados, amables, sencillos, serenos, sensatos. Insistan en disculparse si a esa otra persona todavía la ven irritada o molesta. Digan perdón varias veces y, con amabilidad, miren directamente a los ojos a esa persona. Inclinen la mirada, bajen la cabeza y hagan ese gesto con los hombros del que se sabe en desventaja. Insisto, apaguen los hombros y, de ser posible, también inclinen ligeramente el cuerpo. Y, ahora sí, disfrútenlo, sigan su camino a McDonald´s, al lugar que llaman casa, al trabajo, a la plaza, la fiesta o a donde quiera que sea que iban. ¡Ustedes ganaron! No les estoy sugiriendo que sean humildes ni pongan mejillas. La recomendación es que sean ciudadanos, políticos en el sentido griego original. Y si les resultó, cuéntenle a un amigo y explíquenle cómo lo lograron.

Creo que todo se resume en lo siguiente: si no habían terminado de educarse, aprovechen para hacerlo. Además, quienes tienen menos de 30 años, van a terminar su proceso de formación personal lejos de lo que llamaron casa, país, ciudad. Y eso, igual que cualquier aprendizaje, a medida que nos estabilicemos económicamente, en vez de reconcomios podemos convertirlo en una de las mejores oportunidades.

Sobre todo si no habíamos pensado salir bajo circunstancias más propias, voluntarias.

Sobre el autor

José Luis Monzantg

José Luis Monzantg

Escritor. Editor. Corrector. Docente Universitario.
Una vida dedicada al libro

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