Opinión

Los venezolanos en “la era de la migración global”: casos de fracaso y de éxito

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José Luis Monzantg
Escrito por José Luis Monzantg

Son muchos los casos de éxito y de fracaso.

Un amigo vivió en Estados Unidos, luego lo intentó en Londres y, finalmente, en Puerto Rico. Aun así regresó a Venezuela.

—No viviré en otro lugar donde el idioma no sea el español —me dijo poco antes de que yo saliera.

Entendí que, a pesar de hablar inglés perfectamente, él, como periodista, locutor y hombre de acción en lo político, perdió su target natural al cambiar de geografía y de idioma.

De manera que emigrar a un país de habla hispana nos puede ahorrar —al menos a mí— los dramas de otra fonética; y a otros los deja dentro de sus mercados y emprendimientos naturales.

Curiosamente, a menos de que estemos muy cerca o la propia calle nos lo haga saber, son más visibles los casos de éxito, como los muchos emprendimientos de venezolanos que, en Buenos Aires, por ejemplo, hay en restaurantes, cafés, ventas de helado…

Conclusiones con propuestas para los más sensibles… ¿o flexibles?

La emigración es dura —me dijo un amigo inmigrante que había llegado a Venezuela 20 años antes del caos que se agudizó en 2014 y que, por supuesto, ya no está en Venezuela.

Asuman su condición de inmigrantes con la cotidianidad pasmosa de quien vive alquilado. Tiene un costo alto, implica incomodidades, cuidar lo ajeno y evitar que el propietario se enemiste con nosotros, los inquilinos. En esto, inquilinos e inmigrantes se me parecen.

Si intento una palabra, una imagen, pienso en que ambos, en algún sentido, estamos ¿prestados? ¿En préstamo? Todo pasa por la temporalidad, me digo. La circunstancialidad bajo la cual viven inquilinos e inmigrantes.

  • “Somos inmigrantes”.
  • “Soy un inmigrante”.

Repítanselo a ustedes mismos a la manera confesional de quien asiste a la reunión de Alcohólicos Anónimos en busca de solidaridades y de apoyos para mantenerse sobrios.

O háganlo a la manera del mantra, la oración, el salmo o las letanías de los cristianos. Y díganse cosas como:

  • “Soy un inmigrante y vine a este país a tener éxito“.
  • “Soy un inmigrante y me comporto según las normas del lugar“.
  • “Soy un inmigrante y, sinerder mi identidad,
    o perdiéndola, respeto, aprendo, comparto y disfruto usos propios de aquí“.

Invéntense sus estribillos propios, sus frases repetidas, según aquello que necesiten recordarse cada día o en lo que deban reforzar para mejorar.

Es posible que semejante ritual, de tan primitivo, nos ayude a mantenernos lúcidos y mejor dispuestos. Y entonces cumplirá su función y tendrá sentido aquello para lo cual fue ideado: para anclar una idea, para hacernos la invitación a la acción, para reforzar algo específico en nuestra memoria y en nuestra cotidianidad movediza de inmigrantes.

Además, creo que debemos y podemos alegrarnos por cada venezolano que logró salir. Yo lo hago. Aunque nada está garantizado, siento que tuvimos esa suerte. Entre el premio y la oportunidad, diría que estamos quienes logramos salir.

Creo que debemos crear redes de apoyo familiar y extrafamiliar para ayudar a salir a nuestras familias. Pero también podemos hacer algo para ayudar a quienes, estando afuera, se mantienen en estado de necesidad agravada.

Por un capricho personal mío, a nosotros los inmigrantes venezolanos del siglo XXI, me gusta llamarnos “ciudadanos portátiles“.

Y si algún consejo querría darle a un “ciudadano portátil” del siglo XXI es que caminen la calle sin complejos, pero sin altanería.

Caminen la calle sin altanería, pero sin ningún complejo.

Sobre el autor

José Luis Monzantg

José Luis Monzantg

Escritor. Editor. Corrector. Docente Universitario.
Una vida dedicada al libro

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