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Diáspora

“Los dejados atrás”, el eslabón más vulnerable de la migración venezolana

La psicólogo Irma Peña contextualiza el 'duelo migratorio' y las formas de tratarlo. Foto: Gustavo Bauer
Gustavo Ocando Alex
Escrito por Gustavo Ocando Alex

Al menos tres de cada 10 pacientes atendidos por psicólogos en el Hospital de Especialidades Pediátricas de Maracaibo sufren de duelo migratorio.

Especial para Papagayo News

El corazón se le parte a uno todos los días”.

La psicóloga Irma Peña dispara la frase ante un auditorio lleno. Habla en la sala Paraninfo del Aula Magna de la Universidad Rafael Urdaneta, en Maracaibo, ante profesores, estudiantes y público en general; pero sus anécdotas la remontan a sus consultas con niños y adolescentes en el Hospital de Especialidades Pediátricas.

Su consultorio clínico se ha convertido, especialmente este año, en un confesionario de separaciones, duelos e incertidumbre por un fenómeno que desangra el capital humano de Venezuela: la migración.

Tres millones de venezolanos han migrado o se han refugiado en diversos países del mundo en los años recientes en el marco de una crisis social, económica y política sin precedentes, de acuerdo con registros de las Naciones Unidas. En esa cifra, muchas veces, no caben las familias enteras.

El tema de consulta en boga en los consultorios de psicólogos venezolanos es el efecto de la migración en los llamados “dejados atrás”: niños y adolescentes que están separados por centenares de kilómetros de sus padres –o de uno de ellos—, haciendo malabares entre la ilusión y la decepción.

En promedio, tres de cada 10 pacientes menores de edad que atiende el grupo de psicólogos del Hospital de Especialidades Pediátricas viven un fenómeno que los expertos llaman “duelo migratorio”.

Creemos que puede sobrepasarse esa cifra. Su salud mental está en riesgo”, advierte Peña, subrayando que la migración ha reconfigurado a la familia venezolana.

Un par de horas antes de su disertación, en el marco de un foro de cuatro ponentes a propósito del Día del Psicólogo, Peña dio pistas de las tendencias diagnosticadas en pacientes que se sienten abandonados por sus padres migrantes.

“La razón de la migración es básicamente económica. Ahora, están viajando tanto la mamá como el papá. Antes, era más el papá quien viajaba básicamente por razones económicas, sintiéndose incapaz de ser el proveedor o de cubrir las necesidades básicas”, dijo, sentada en una banca de rejillas negras, vestida con su bata blanca, bajo un árbol que le amparaba del sol incandescente.

La lista de síntomas de sus pacientes es letanía diaria: desobediencias a sus custodios temporales, como sus abuelas, tíos, padrinos; sensación de abandono; sentido de culpabilidad del hijo por la marcha de sus padres, especialmente cuando estos le explicaron que migraban por ellos, por su futuro; cambios de humor; aislamiento; desplome del rendimiento académico.

“Los más pequeños lloran de repente, estallan, cambian sus hábitos. Se ven expuestos a cambios de sus hogares y de sus costumbres”, explica, de nuevo en su ponencia. Pasan a ser “niños encargados”, agentes de una espiral migratoria que terminan siendo responsabilidad de otros distintos a sus padres.

Son generalmente las abuelas maternas quienes velan por “los niños encargados”. Ellas también acuden a consultas para saber cómo encarar un fenómeno para el que no están emocional ni psicológicamente preparadas.

  • Existe un patrón en las familias venezolanas que se separan por la marcha a otro país de uno de sus miembros: la poca comunicación y transparencia en los planes y estatus migratorios.

El Servicio Jesuita para Refugiados determinó, gracias a entrevistas hechas entre abril y mayo de este año a 14 mil 578 venezolanos que migraban a través de Colombia, que el 56 por ciento de los migrantes eran hombres y 44 por ciento, mujeres.

La mayoría de ellos tiene entre 20 y 39 años, una “edad productiva”, la llamó en una exposición previa Gloria Pino-Ramírez, doctora en Psicología y quien recientemente migró a un poblado de España, fronterizo con Portugal.

Los psicólogos, cree Pino-Ramírez, pueden ayudar enormemente en Venezuela conduciendo talleres “cortos y con diagnósticos”, de entre cinco y ocho sesiones por pacientes, para ayudar en el manejo de respuestas al duelo migratorio.

El estudio de los jesuitas determinó que el 59,2 por ciento de los migrantes venezolanos tienen estudios universitarios y que el 87,3 por ciento tenían ocupación laboral al momento de partir.

Las razones para irse surcaban por la inseguridad, la desesperación ante la crisis, el hambre, el estrés, la incertidumbre y la falta de medicinas.

El motivo para volver a Venezuela fue un eco en los encuestados: “la familia”.

La comunicación como terapia

Hay un patrón generalizado en las familias separadas por la migración en Venezuela. Perjudica también a los responsables de los menores que se quedan. Es el ostracismo de quien se marcha.

Los padres están comunicando poco o nada de sus planes migratorios a sus hijos. Los niños saben que los papás se fueron, pero no tienen muy claro si vienen o no”, indica Peña. “Se están marchando casi sin avisar”.

Existe en Venezuela una especie de “pensamiento mágico” de no querer revelar transparentemente la agenda migratoria, diagnostica. Es aquella ley popular –y nulamente fáctica— de “no contar el plan para que no se me caiga”.

También, hay quienes se reservan detalles de sus viajes fuera de los límites de Venezuela para evitar que alguna imprudencia de sus hijos estropee sus futuras entrevistas con agentes de Migración en el país receptor.

Peña aclara que ni ella ni su equipo de trabajo poseen una receta para prevenir el duelo migratorio en los menores venezolanos. Su experiencia, sin embargo, le ha inspirado a proponer algunas técnicas que ayudan a minimizar su impacto.

  • Un video o una carta donde el padre migrante expresa su amor y explica las razones de su viaje a sus hijos es bálsamo para los llamados “dejados atrás”.

Lo primero es una profunda reflexión de los motivos de la partida. Esa revisión pudiera llevar a la conclusión de que los planes deben modificarse o suspenderse.

Es imperativo, además, incluir en el plan a toda la familia, no solo a unos miembros. Explicar claramente las motivaciones del viaje es otra recomendación. “Irse sin avisar no evita el dolor; rompe, mas bien, la confianza”.

Peña ha confirmado el éxito en los niños de una carta, un video o un correo electrónico explicativos de las razones de la partida. A ella, podrán recurrir siempre que tengan dudas, miedos o incomodidades.

Los padres deben hacer constar el amor que sienten por ellos”.

La comunicación entre padres e hijos antes, durante y luego de la migración de los padres debe ser total. Curiosamente, es un ítem reprobado en cada consulta. Sobran las –mismas— excusas: fallan las telecomunicaciones, la vida laboral del migrante es complicada, no hay teléfonos inteligentes en la familia.

“Nos ha costado muchísimo”, dice, extrañada.

Es sano permitir que los niños expresen su rabia, su dolor, sus sentimientos. “Que no se quede el niño con ‘la imagen del papá y una pregunta’, ‘¿vendrán, me llevarán?’. Por ello, hay niños que han llegado a pensar que no los quieren”.

El eslabón más delgado

Yosedil Ferrer, también psicóloga, precisa que los motores de consulta de pacientes hace cuatro años eran el estrés y la ansiedad. Hoy es el duelo migratorio.

Nuestros chamos se están quedando solos. Las familias están quedando separadas. Son los dejados atrás”, señala en su ponencia Emigrar y su impacto en los niños venezolanos.

Para ellos, no hubo despedida. No pudieron escoger los juguetes o las rutinas que conservarían. Los padres, explica, comparten con sus hijos frases para extrapolar la propia culpa, como “todo esto es por tu futuro”, “cuando crezcas, me entenderás” o “todo es culpa de…”. La responsabilidad no parece calzarles.

“Es un abandono elegido en la psique infantil”, sentencia.

Ferrer apela por la comprensión, especialmente cuando se trata de niños en edad escolar. Ellos tienen dificultades para disfrutar el contacto por pantalla con sus padres.

Muchos, cuenta la especialista en conducta, manifiestan conductas regresivas y ansiedad: se comen las uñas, lloran por todo, pierden control de sus esfínteres.

En edad escolar, los “dejados atrás” verbalizan y racionan la marcha de sus padres. Se muestran interesados por mantener el contacto con sus seres queridos.

Las actividades extracurriculares son bálsamo. “Los chamos necesitan esparcimiento. Ellos quieren jugar. Pueden drenar a través del juego”.

Ferrer asegura que la adolescencia es la etapa más desafiante para la familia de padres migrantes. Reinan los cuestionamientos, las desconfianzas. Salen a flote los problemas no resueltos de la infancia. La intensidad de las emociones son mociones diarias y el egocentrismo les secuestra.

A los hijos adolescentes de padres migrantes debe brindárseles especial cuidado. “Todo en la adolescencia se vive como si el mundo se estuviera acabando. Nada en el adolescente debe ser ignorado”.

El niño y el adolescente en general representan, para Ferrer, el síntoma visible del sistema familiar. Ellos, “los dejados atrás”, son el eslabón más delgado de la cadena migratoria venezolana que no para de alargarse.

Sobre el autor

Gustavo Ocando Alex

Gustavo Ocando Alex

Colaborador de Papagayo News.
Licenciado de Comunicación Social.
Profesional con amplia trayectoria como periodista, exjefe de edición y corresponsal de distintos medios de comunicación nacional e internacional.

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