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Opinión

La rebelión de los náufragos

Foto: archivo
Pedro D. Túa
Escrito por Pedro D. Túa

Por estos días, hace 26 años, el presidente de la República de Venezuela era separado de su cargo debido a que procedió una acusación de malversación de fondos públicos por parte de la Fiscalía General de la República en su contra.

En ese momento, el Congreso consideró que había méritos suficientes para enjuiciar al presidente, quien según lo preveía la constitución, debía entregar el cargo al presidente de ese parlamento, para que posteriormente se designara un presidente interino, como en efecto sucedió.

Se trataba así de un hecho sin precedentes en la vida republicana de Venezuela.

Nunca antes un presidente había sido separado de su cargo para enfrentar a la justicia; Venezuela atravesaba una cruda crisis política y social, pero se había afianzado como una democracia madura capaz de sortear obstáculos de gran dificultad; así, parecía que el enjuiciamiento del presidente sería una de esas pruebas que la posicionarían luego en la cúspide de los sistemas democráticos modernos.

Pero el presidente depuesto presagiaba otra cosa, la intuía, y así lo manifestó: que todo respondía a un tipo de venganza de sus viejos adversarios políticos. Era, así, “la rebelión de los náufragos” de la política venezolana de mitad de siglo XX, quienes como espectros aparecían en la escena política nacional en calidad de “notables” y cuyos criterios e ideales debían ser oídos y acatados sin chistar.

Reclamaban para sí una gloria nunca alcanzada, y demandaban defenestrar la cabeza del presidente, como símbolo de la inauguración de una nueva era nacional.

El presidente depuesto, aún resentido en su ánimo, se sometió a la justicia y fue sentenciado culpable; debía enfrentar una condena de prisión.

En medio del sismo político que se generó, sin percibirlo, el país había caído en un hueco mucho más profundo: los problemas se advertían más densos, los actores más atrincherados y radicales y los partidos políticos enfrentaban una severa crisis ética, moral y existencial, siendo repudiados por las mayorías. Tanto así que llamar “adeco” o “copeyano” a un ciudadano era considerado un insulto, una vejación del pasado, un estigma “puntofijista” que debía ser depurado de la historia patria.

¿Qué sucedió después? El país, en medio del canibalismo político, se quedó sin líderes sanos, hábiles, capaces de capitalizar el descontento popular y conducir el barco a buen puerto, y en esa profunda orfandad le empeñó su futuro a un caudillo militar que hablaba como un mesías, pero actuó como un destructor (de aquellos barros vienen estos polvos).

Ya nada se podía hacer en ese momento. Quienes habían destruido la República se encontraron presos de sus propios demonios. Carlos Andrés Pérez lo advirtío ese fatídico 20 de Mayo de 1993 en su último discurso como presidente constitucional:

Quiera Dios que quienes han creado este conflicto absurdo no tengan motivos para arrepentirse”.

Sobre el autor

Pedro D. Túa

Pedro D. Túa

ADS - Abogado
Columnista Freelance
Premio "Pulso y Alma de la Crónica en Venezuela" 2011 (Fundación Bigott)
perdrodomingotua@gmail.com

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