Historias que caminan

Historias que caminan: Mi transición obligatoria

Mi optimismo rayaba a veces en la terquedad. Y es que me negaba a la idea de tener que irme de mi casa, de mi país.

“Esta vez sí se puede”, me repetía cada vez que ejercía mi derecho al voto. La primera derrota de esa seguidilla de elecciones fue, tal vez, la más dolorosa.

Cuando el Consejo Nacional Electoral (CNE) anunció que Henrique Capriles Randonski había sido derrotado por un moribundo Hugo Chávez —octubre de 2012— rompí a llorar casi de inmediato. Las esperanzas de que mi hermano —junto con mis dos sobrinos pequeños y mi cuñada— decidiera regresar al país estaban puestas en esa elección; pero, a casi año y medio sin verlos, se esfumaron de inmediato.

En diciembre de ese año perdimos la Gobernación del Zulia, y en abril de 2013, tras la muerte de Chávez, volvimos a perder las presidenciales. A pesar de todo esto, siempre traté de plantarle la mejor cara a la crisis que a diario empeoraba en el país.

Llegó 2014 y fue ese año que me tocó vivir uno de los años más duros en mi carrera como periodista, fui testigo “en primera fila” e incluso hasta víctima de la desmedida represión con que el régimen le respondió a las protestas estudiantiles que comenzaron ese febrero.

Diciembre de 2014 fue el punto de inflexión para mí: perdí uno de los dos trabajos que tenía, y que me ayudaba a subsistir como madre soltera en el país con la mayor hiperinflación del mundo.

Tenía planificado pasar ese diciembre con mis hermanos y mis padres en Houston, Estados Unidos. La conversación no tardó en darse: había llegado la hora de definir mi futuro.

Los argumentos de mi familia eran más que válidos: mis padres y hermanos ya no estaban en Maracaibo, el trabajo que me quedaba no me daba lo suficiente, la calidad de vida que le podía ofrecer a mi hija era mínima y, por muy optimista que pudiera mostrarme frente a ellos, la dictadura venezolana se veía lejos de terminar. Fue así como unas vacaciones de diciembre quedaron sin pasaje de regreso y me tocó dejar atrás mi casa, mi trabajo, mi familia, mis amigos, mi vida.

Mi primer trabajo fue como babysitter (niñera), y nada menos que de mi propia sobrina. Aproveché mi primer año “de trabajo en casa” para reforzar los lazos con mi hija, quien estaba acostumbrada a que yo  trabajara fines de semana, días festivos y horarios nocturnos.

El proceso de asilo iba en marcha, por lo que era cuestión de tiempo recibir los documentos que me permitirían trabajar legalmente en el país.

Cuando al fin me llegó el permiso, comenzó una travesía que desde las diferentes salas de redacción en las que trabajé por casi 10 años, jamás hubiera imaginado que me tocaría vivir.

Mi experiencia como periodista prácticamente no me servía de nada, por lo que tuve que aplicar a trabajos “de lo que sea”.

Mi curriculum también tenía que cambiarlo y de 10 años de experiencia profesional como reportera y subeditora pasé a haber trabajado en un bufete de abogados como recepcionista y en un periódico como representante del departamento de Atención al Cliente.

Eso me daba los “skills” (habilidades) que necesitaba para conseguir un trabajo básico en este país. Tenía miedo porque no estaba emocionalmente preparada, estaba entendiendo mi nuevo rol y descubriendo quién era yo ahora que no hacía lo que amaba.

Hice entrenamientos para trabajar en diferentes call center, hasta que me llamaron de un bufete de abogados donde necesitaban una recepcionista, lo malo era que quedaba a una hora de mi casa. Fue así como di mi primer paso laboral en Estados Unidos: atender en inglés llamadas de personas que planteaban casos legales fue mi mayor reto, ya que, ni siquiera conocía los términos en español, mucho menos en otro idioma.

Además, fui víctima de discriminación por parte del dueño y jefe de la firma, quien a diario se quejaba con mi supervisora sobre mi “imposibilidad” de atender llamadas, debido a mi acento, hasta que un día le ordenó que me apartara de los teléfonos y me pusiera a hacer trabajo duro de oficina; pero sin contacto con los clientes.

Lloraba casi a diario, pero necesitaba el trabajo; como se dice en este país, “los bills (facturas) no se pagan solos”.

Después de seis meses conseguí empleo en una empresa de ingeniería, mucho más cerca de mi residencia. El puesto: assembler, algo que tampoco había hecho; pero, según en la entrevista que me hizo la mánager del departamento de manufacturing, yo era una experta.

Así fue como me aceptaron para el puesto de ensamblaje de piezas en el proceso de construcción de brazos de medición tridimensional. Tuve que aprender un nuevo lenguaje, esta vez de los procesos de ingeniería, nombres de herramientas y equipos, y comenzar a hacer a diario un trabajo tan repetitivo que te podía desquiciar.

Conocí personas en esa empresa que llevaban más de 15 años haciendo lo mismo y supe que no quería seguir ese camino. Pero era una nueva oportunidad y debía aprender de ella.

Un año después de haber armado miles de readhead boards (un promedio mínimo de 80 al día, muchos sábados incluidos), me ascendieron al puesto de manufacturing administrator. Era un trabajo de oficina, administrativo, que tampoco había hecho nunca: órdenes de compra, inventarios y conteos de piezas, reportes diarios  de los brazos y piezas armadas y un largo etcétera de nuevas funciones. Buenos compañeros, buenos jefes, buen aprendizaje. Dios siempre le pone a uno gente buena en el camino.

Allí estuve hasta que me mudé de ciudad y tuve otro nuevo comienzo. Lejos del área de manufacturing —en la que ya tenía experiencia— hice un entrenamiento para obtener una licencia de seguros médicos y de salud.

En este país, incluso para pintar uñas en un salón de belleza, necesitas tener una licencia. Ya con certificado en mano, hice otro entrenamiento de cinco semanas para vender seguros de salud a personas mayores de 65 años; y es así como ahora paso nueve horas al día hablando con personas de la tercera edad explicándoles los beneficios de tener un plan con esa empresa privada.

A cuatro años de haber dejado mi país, solo puedo decir que Dios ha sido bueno conmigo. Tener a mi familia aquí fue un plus con el que no cuenta todo el emigrante.

Su apoyo ha sido invaluable en un proceso emocional que puede ser desgastante. El vacío del primer año es casi imposible de explicar: las ganas de llorar casi diarias, la añoranza de tu espacio, de tu cama, tu casa, tu gente, te desgarra el alma, además del sufrimiento que implica ver lo difícil que se le sigue haciendo a tu familia sobrevivir en la crisis que sigue destruyendo a tu amado país.

Lloré como una niña cuando la oposición ganó las elecciones parlamentarias en diciembre de 2015 y yo no voté; las protestas de 2017 me destrozaron el corazón, día a día; y duré más de cinco horas en la cola para firmar en la consulta popular del 16J.

Todo este proceso solo me ha hecho más fuerte, porque tengo una hija que veo crecer tranquila y con calidad de vida; y porque mi mayor satisfacción es ayudar a mi familia, sin importar el tipo de trabajo que me toque hacer.

A Dios le agradezco a diario todas las bendiciones que me ha puesto en el camino, un trabajo que no falta y las personas que han llegado a mi vida para quedarse y hacerla mejor, como mi novio y las nuevas amistades que me llenan el corazón.

Pero todavía tengo miedo, porque no hago lo que amo y me sigo descubriendo todos los días; y por encima de todo esto, no sé qué duele más: seguir lejos, saber devastada a mi Venezuela o ver cómo se me aleja cada vez más la posibilidad de volver y encontrar lo que un día dejé.

Sobre el autor

Yanreyli Piña Viloria

Yanreyli Piña Viloria

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