Opinión

Historia magistra vitae. O los errores que no deberíamos repetir con los regímenes totalitarios

Una nueva moralidad basada en la total libertad de acción sería el ideario de los actos criminales de los bolcheviques.
Pasquale Sofía
Escrito por Pasquale Sofía

La historia maestra de vida, frase del jurista romano Cicerón, nos indica que quien aprende de lo pasado no debería repetir sus errores.

Tres han sido las ideologías políticas infaustas del siglo XX: el comunismo, el fascismo y el nacionalsocialismo. Mientras las dos últimas resultaron derrotadas con la II Guerra Mundial, manteniendo por medio del militarismo presencia relevante principalmente en América Latina hasta los años ochenta; la primera, luego de la disolución de la Unión Soviética, se ha prolongado hasta nuestros días transformándose en el denominado Socialismo del siglo XXI, también con fuerte presencia en nuestra región.

Las tres ideologías han penetrado en América Latina, encontrando terreno fértil. Sin embargo, si ríos de tinta han explicado las dictaduras fascista y nacionalsocialista y sus horrores, muy poco se ha escrito sobre las dictaduras comunistas y sus atrocidades.

Nosotros hablaremos de la dictadura comunista. Vamos con orden cronológico.

En El Libro Negro del Comunismo (1997), escrito por un equipo de historiadores internacionales, la mayoría curiosamente provenientes de la izquierda política europea, se calcula, sobre la base de los documentos analizados, más de 100 millones de muertos en los países con gobiernos comunistas, de los cuales 20 millones se ubican en la Unión Soviética y 65 millones en la China. Muchos millones más de los muertos atribuidos al fascismo y al nacionalsocialismo juntos.

Los actos criminales del comunismo se anunciaban en Rusia desde el inicio del régimen.

Los bolcheviques, grupo extremista del Partido Socialdemócrata Ruso liderado por Lenin, luego de haber asesinado a la familia real rusa (1917), solo entre 1919 y 1920 ejecutaron o deportaron entre 300 mil y 500 mil cosacos que se oponían a su hegemonía, sobre una población de 3 millones de personas de esta etnia.

También el ideario que fundamentaba los actos criminales estaba claro desde el comienzo.

En el primer número del periódico de Kiev, Krasnyi Mech (La espada roja, 1919), se afirma: “Rechazamos los viejos sistemas de moralidad y de humanidad inventados por la burguesía con la finalidad de oprimir y de explotar a las clases inferiores”. Se necesitaba una nueva moralidad basada en la total libertad de acción, autorizada por la naciente ilusión.

Para nosotros todo está permitido… para liberar la humanidad de sus cadenas”. La violencia estaría legitimada: “¿Sangre? ¡Que la sangre corra a ríos!”. Y con esta sangre se colorearía la bandera roja de la Revolución. “Solo la muerte final del viejo mundo puede liberarnos para siempre jamás del regreso de los chacales”, es decir de la nobleza y de la burguesía.

En los archivos del Comité Central había una infinidad de denuncias de abusos, violencia, arbitrariedad y ausencia del derecho.

En una carta enviada a Lenin (22-03-1919), el dirigente bolchevique Gopner denuncia el comportamiento de la Cheka (Policía Política creada por Lenin) afirmando: “En esta organización gangrenada de criminalidad, de violencia y de arbitrariedad dominada por canallas y criminales de derecho común, hombres armados hasta los dientes ejecutaban a todo el que no le gustaba, requisaban, saqueaban, violaban, metían en prisión”.

Desde la ciudad de Yaroslavl, el secretario de la organización regional de los bolcheviques envía un informe donde se afirma: “Los chekistas saquean y detienen a cualquiera. Sabiendo que quedaran impunes… La embriaguez es general. La cocaína es ampliamente utilizada por los jefecillos”.

Cambiar todo para que nada cambie. Los revolucionarios siempre acaban transformándose en tiranos de los liberados.

¡Historia Magistra Vitae!

 

 

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