Diáspora

Guías para fortalecer las emociones de ‘los que se quedan’ en Venezuela

Gran parte de quienes se mantienen en Venezuela experimentan emociones ligadas con el síndrome del nido vacío. Foto: Gustavo Bauer
Raúl Semprún
Escrito por Raúl Semprún

Psicólogos recomiendan evitar la planificación y vivir el día a día para evitar las frustraciones. El síndrome del nido vacío acecha a 71 por ciento de los venezolanos, quienes deben apostar por activar mecanismos para drenar la tristeza. La rabia y el miedo prevalecen en la población.

Especial para Papagayo News

Aquí, lo más parecido a una receta; pero no lo es. “No existen”, aclara desde un pupitre de la Universidad Rafael Urdaneta, en Maracaibo, Diego Shortt, psicólogo con especialización en Terapia Cognitiva y con un evidente interés por explorar el fenómeno de la diáspora en Venezuela y promover nuevos enfoques.

Viste suéter grueso ocre y jean desteñido. Lleva lentes.
Tiene las facciones y el desenfado de una estrella de rock: cabello largo entre rubio y cenizo en forma de coleta, naturalidad en la expresión, vehemencia en el discurso y una gran dosis de humor.

Shortt se prepara para ofrecer una ponencia en vísperas del Día del Psicólogo: Los que se quedan. Estrés y afrontamiento de la crisis.
En ese grupo resaltan tres perfiles, con base en su percepción y lo planteado en un artículo, por Luis Vicente León, presidente de Datanálisis: los que se quedan porque tienen cierto respaldo financiero, avizoran oportunidades ante los vacíos que dejan quienes se van y creen que en otro país sus ahorros se pulverizarían en poco tiempo. Los que se quedan por factores relacionados con la edad, limitaciones familiares o económicas, falta de conexión con el exterior o miedo. Los que se quedan porque sienten que deben defender sus espacios y luchar por su país.

Cada tipo de persona, debe activar mecanismos de protección.
El aumento de la tolerancia a la incertidumbre, en opinión de Shortt, resulta fundamental para garantizar en todos la potabilidad de las emociones.

Personas estructuradas, que planifican todo, suelen ser muy vulnerables. Habla de trabajar en quitarle las camisas de fuerza a la certeza, a la planificación. Insiste en que “hay que pensar más en el aquí y ahora. No medir tanto. Confiar que uno será capaz de afrontar lo que venga. Desarrollar la confianza de superar las adversidades. Es la única manera de evitar la frustración y el estrés”.

El tema resulta poco abordado en los estudios de investigadores de las ciencias sociales de Venezuela.
Y no se entiende.

Al menos 31 millones de venezolanos batallan emocionalmente, sin mayor orientación, frente a problemas vinculados con el impacto de fracturas familiares en el marco del éxodo, hiperinflación, especulación, escasez de medicinas, fallas en los servicios, públicos e inseguridad, entre otros factores adversos que pueblan nuestra cotidianidad.

El indicador más demoledor, quizás, acaba de ser difundido en la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida publicada por académicos de las universidades Simón Bolívar, Católica Andrés Bello (Ucab) y Central de Venezuela (UCV): 94 de cada 100 venezolanos asegura que sus ingresos no le alcanzan para subsistir.

¿Cómo no florecen sentimientos de agobio, angustia y preocupación?

En cantidad, la suma de los habitantes de Uruguay, Islandia, Luxemburgo y Trinidad y Tobago no supera el número de connacionales diseminados en 35 países del planeta durante los últimos 20 años.
Hablamos de unos 5, 5 millones de inmigrantes.
Un país en cinco países.

Y, de acuerdo con un reciente estudio de la firma Consultores 21 sobre el éxodo, 38 de cada 100 encuestados planea migrar en lo que resta de 2018 ó 2019. Predominan las personas con entre 25 y 45 años, principalmente de los estratos marginal popular y media alta.

Miedo, rabia, tristeza, resignación, repugnancia y expectativa despuntan como emociones entre los venezolanos y Yorelis Acosta, investigadora de la UCV, lo retrata en un mapa emocional que describe como fotografías el estado de ánimo de la población.
Un coctel peligroso con el que lidiar. El agobio los fuerza a huir.

Para la investigación se levantaron dos mil 534 respuestas entre junio y septiembre de 2015 y 568 después de las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre. La pesquisa se desarrolló en sectores de clase media y baja de Caracas y capitales de 10 estados del país hace tres años, cuando el momento político marcaba una aparente apertura para los cambios.
Este es el resultado:

Así experimentan el ‘nido vacío’ en las regiones venezolanas. Infografía: Andrea Phillips

La especialista destaca ahora, en 2018, el impacto de la depresión y la ansiedad.
Tristeza, rabia y miedo levantan vuelo y con esos sentimientos se crece el suicidio.
Cifras de la Federación de Psicólogos de Venezuela (FPV) y Psicólogos sin Fronteras (PSF) advierten, en un reportaje de la agencia Bloomberg, que en lo que hasta finales de octubre 2018 se registraron 786 suicidios en Caracas.
Esta estadística es un paraguas abierto, preocupante, pues casi alcanza al total de muertes intencionales que tuvo Venezuela en todo su territorio durante 2012.

Acosta sostiene que si bien la realidad venezolana es compleja y no hay una sola manera de sentirse, resalta en la población un deterioro progresivo, cansancio, pérdida de calidad de vida y de libertades.

Ahora, la crisis empieza a mostrar otras emociones que no habíamos experimentado, porque ahora sí vivimos en el colapso, emociones que van acompañadas de expresiones como ‘yo no merezco esto’ o ‘nunca imaginé que a mi edad iba a pasar por esto”, suelta en una entrevista con El País de España.

Recuerda que todas las emociones negativas también tienen un aspecto positivo. El trabajo ofrece luces de lo qué hacer.
Quien se ensimisma en la tristeza, por ejemplo, puede conducir a la inhibición de los comportamientos y a la depresión, pero también puede contactar consigo mismo y apostar por la reflexión y la restauración del control interno necesario.

La rabia, lleva a la autoreafirmación, a la defensa y demarcación del territorio, a la defensa de lo que se cree justo y en definitiva conduce a la acción, pero mal canalizada esta emoción se vuelve irritabilidad, agresión, resentimiento; no expresada se puede volver contra uno mismo y derivar en autolesiones o afección de la salud física”, refuerza en el estudio.

Mayor cuidado debemos tener con el predominio de la repugnancia, la resignación y el miedo.
La primera de ellas, empuja hacia atrás, al alejamiento de la situación que la provoca y las otras dos disminuyen nuestra actividad conductual, pero son más fáciles de activar positivamente.

“No es malo sentir tristeza o rabia”, aclara. Lo malo es que permanezcan largo tiempo en las personas, se estanquen y les hagan daño. En consecuencia, hay que convivir con ellas y aprender a transformarlas y canalizarlas hacia lo positivo, es decir, que partiendo de la impulsividad lleguen a la reflexividad.

“¿Fácil? No, definitivamente, pero no imposible y necesario para seguir adelante”.

La académica, estudiosa del fenómeno migratorio, sugiere no censurar las emociones, es decir, deben ser expresadas. Y llama a la población a seguir las siguientes pautas: identificar las señales emocionales a nivel físico y mental; identificar las situaciones que las desencadenan; descargar físicamente el malestar que nos generan incluyendo en nuestras rutinas actividades físicas y mentales de descanso y disfrute; conversar, escribir a los amigos y familiares.

La disponibilidad de relaciones sociales cercanas es un recurso básico para afrontar los problemas de salud.

Tiene ganas de llorar. Malena Prieto mira el árbol de Navidad y humedecen sus ojos. Su madre quiere sorprenderla y no espera esas lágrimas. Se lo reprocha. La muchacha reprime. La joven de 21 años, periodista, siente que en Nochebuena lucirá inmenso ante la ausencia de unos 10 primos, tíos y otros allegados que se fueron del país este año. El nudo en la garganta se expande.

Padece, y no lo sospecha, de una sensación de vacío, soledad y tristeza que arropa principalmente a los padres de hijos que se van de la casa: el síndrome del nido vacío, flagelo emocional que acecha a 71 por ciento de los venezolanos con uno, dos o más familiares en el exterior.

No es padre ni madre, pero entra en el saco de lo que parece nostalgia.

Quienes se quedan en el país también atraviesan una etapa de duelo, resalta Meury José Rivero, especialista en inteligencia migratoria.
En ellos afloran sentimientos de vacío por los cambios de rutina y se sojuzgan por no poder evitar estar tristes pese a la felicidad de sus seres queridos.

Ese impacto se siente además en el entorno laboral con la creciente ausencia de compañeros.

La gente siente que le movieron las cosas de su sitio. No reconoce a Venezuela por la ausencia de los amigos, los vecinos y no saben manejar su realidad”, acota con una sinceridad dolorosa. “El venezolano siente que este lugar no es el lugar”.

El síndrome es una de las principales causas de terapia familiar en Venezuela. Toca adaptarse y crear nuevas rutinas. “No vale cerrarse”, reafirma Shortt. Apela a la aceptación del malestar, cualquiera que sea, como estrategia. “Muchas veces el negar, el no aceptar que nos sentimos mal, se termina convirtiendo en un gran problema”.

Reconocer las emociones resulta sano.

El psicólogo de origen uruguayo considera que el apoyo social es un protector del estrés, por lo cual el respaldo afectivo familiar es crucial.
Apuesta por videollamadas y contactos permanentes con los más afines.

Cuenta que te sientes mal, dilo. No te quedes con eso”.

Otras sugerencias infaltables guardan relación con la invención y reinvención de nuevos círculos de amigos, practicar actividades con ejercicio físico, leer, ver series: “la gente se destapa de la manera que puede y ya no va tanto para el cine. ¿Por qué proliferan los cafés en Maracaibo? Porque es más fácil guarapear un café que ir a cenar como antes. La inversión es mucho menor y en el café te relajas, conversas, arreglas el mundo. Es una manera de darle la vuelta”.

Shortt ve rasgos interesantes en los que quedan. La crisis genera evolución, desarrolla habilidades para administrar presupuestos, cambia patrones de consumo, impulsa la creatividad para tratar de generar nuevos ingresos y acentúa la capacidad de asociarse para resolver problemas.
Esto último es un signo de la madurez que dejará este proceso.

“Los venezolanos éramos muy buenos para reunirnos para la ‘joda’, para ‘echar vainas’. Vos ponéis una reunión de condominio y no baja nadie, pero poné dos cajas de cerveza pa’ que veáis, está todo el condominio ahí, hasta las 6.00 de la mañana. Vos citáis una reunión en el colegio y van 10 padres, pero ponéle un grupo de gaitas pa’ que veáis que se llena”.

La obligación de no rendirse

Carol Camacho, maestra, lamenta ver cómo su entorno laboral y familiar se despuebla de afectos que apuestan y apostaron por irse del país.
Ella los entiende, pero no tiene esa opción.

Con 52 años, es responsable económica y emocionalmente de dos ancianas. “Si me voy, la realidad las asesinaría lentamente”, explica y cuenta que su hogar se convirtió en una especie de cárcel-refugio.
Su salario se desintegra en tres días y para subsistir espera el apoyo de una sobrina que les envía, en promedio, ocho mil bolívares soberanos mensuales para dos familias.

Cree que quienes se quedan tienen la obligación de no rendirse, de resistir. Reinventa las rutinas alimentarias y cotidianas y elimina acciones como comer fuera o ir al cine.
Sin orientación de un especialista trata de desatar los nudos que a diario la sacuden.

Para evitar enfermedades nerviosas como depresión, angustia o ansiedad hay que activarse en caminatas, juegos de mesas, ejercicios de relajación o conversaciones con los vecinos. Lo importante es no sucumbir ante la angustia de un país que se convirtió en una pesadilla social invivible”.

Lee, escribe poemas y ensayos y ejercita el budismo. Y la especialista en neurosemiótica atina en su actitud. Lo afirma Rivero, quien coincide con Shortt en que la crisis hace que los venezolanos no tengamos control sobre nada. Esa sensación muerde, genera ansiedad y frustración.

Rivero recomienda hacer una lista con las cosas que se pueden manejar y las que están lejos de nuestro control.

“Podemos manejar qué cantidad de comida tengo en casa y cómo distribuirla o si tengo suficiente dinero y cuento con un medio de transporte para ir al trabajo. Hay que accionar para tener la sensación de que tenemos algún grado de control en lo que es nuestra vida, eso es lo que más genera desasosiego”.

La otra lista guarda relación con los imponderables que pueden tener respuestas, pero en colectivo, como el aumento de salario, alza de precios, escasez de agua.

Identificar el sentimiento permite agarrar por el cuello el problema y corregirlo. Una vez que se define, se activa una respuesta que permita drenar y no dañe a la persona ni al entorno. El ejercicio es terapéutico.

Si defino que lo que tengo es rabia con agarrar una hoja y escribir la palabra que comienza por la a, una y otra vez, y luego rompo esa hoja, me encierro en el cuarto y pego un grito que nada más escucho yo, que no molesta a nadie, ese tipo de acciones concretas se convierten en ejercicios de liberación, porque si no sale esa emoción contenida puedo incurrir en acciones que no quiero tener”, refiere Rivero.

Sobre los problemas que se vinculan con respuestas colectivas, invita a impulsar y desarrollar actividades en conjunto: “Si no tengo cómo irme busco a los vecinos, a un amigo, a un familiar y procuro articular respuestas con base en redes de apoyo”.

La clave es identificar, drenar y ejecutar. Esos elementos permiten disminuir la ansiedad.

 

 

 

 

Sobre el autor

Raúl Semprún

Raúl Semprún

Colaborador de Papagayo News.
Licenciado en Comunicación Social.
20 años de experiencia en medios impresos.
Autor de dos poemarios inéditos.

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