Historias que caminan

Gloria Cuícar Aparicio, una venezolana que conecta en Maryland

Héctor Daniel Brito

Proviene de un pueblito de Venezuela y ha ostentado importantes funciones dentro de instituciones estadounidenses. Se trata de Gloria Cuícar Aparicio, una venezolana que ha florecido académicamente en tierras lejanas. 

Ha desarrollado una excelente labor en la gerencia del capital humano (en el área de seguridad) de la Universidad de Maryland, EE. UU., una institución que le dio a Cuícar Aparicio la libertad de proponer.

“Fue una gran oportunidad. Era diferente estar en la administración de una universidad que tiene 39 mil estudiantes, aproximadamente 12 mil empleados, es decir, más de 50 mil personas, es como una ciudad completa”, calcula Cuícar Aparicio.

De esta manera, ha estado trabajando desde 2012 en conectar a la universidad con las comunidades a su alrededor, en su mayoría, con personas de escasos recursos y diferentes culturas. A raíz de ello, fundó la Oficina de Enlaces Comunitarios.

Actualmente es el enlace comunitario de la Universidad de Maryland, College Park y Nueva Chair Woman (presidente de la Junta Directiva de Montgomery County Community College en Maryland).

Este cargo la convirtió en una pieza importante dentro de esa academia estadounidense; un logro que consiguió con trabajo, experiencia y una historia que camina.

A través de una entrevista para Papagayo News, la profesional comparte sus vivencias como una migrante de hace varias décadas.

Desde el comienzo

Churuguara, ubicado en la Sierra del estado Falcón, fue su primer hogar. Allí su padre trabajaba como dirigente político “ayudando por las causas de los pobres y de las personas que necesitaban el apoyo”, como le gusta decir a ella.

Más tarde, formarse como profesional implicó irse a Valencia, estado Carabobo. Eran los 80. Allí estudió Incendio y Seguridad, una carrera bastante inusual en la formación de cualquier venezolano: “fue diferente pero es una carrera que a la larga me abrió muchas puertas aquí en los Estados Unidos”, adelanta.

Después de estudiar, hizo sus pasantías en la compañía Corpoven, ubicada en el estado Zulia. “Fui por 8 semanas y tuve la oportunidad de conocer a alguien de allí que era nacido en los Estados Unidos, nos conocimos y nos casamos, luego nos vinimos a vivir acá (en EE. UU.)”, relata.

“Fue desde entonces, cuando salí de Venezuela, que la crisis comenzaba, el dólar aumentaba”, recuerda.

“A mi llegada a Estados Unidos, en el 86, me sentía emocionada: veía todas las cosas alrededor, los paisajes, tanta grandeza… Llegué, al principio, a New York para hacer el trasbordo a Denver.  Llegué en agosto, tenía un clima agradable, la gente fue muy amigable, muy diferente a lo que yo tenía pensado de la cultura de este país”, continúa.

Además de la barrera del idioma, también fue difícil soportar el frío y la nieve de Denver; también conseguir un empleo para su ahora exesposo, graduado en Ecología. Así que, mientras hallaban esa estabilidad, Cuícar Aparicio se dedicó a aprender el inglés.

Por entonces, sobrevivían solo con 2.000 dólares que llevaron desde Venezuela.

Maryland, la oportunidad

“Allí (Maryland) fue cuando comenzamos nuestra vida, en 1987; estudié en el  Montgomery College y, mientras estudiaba, me contrataron para dar clases de aerobic a personas de la tercera edad”, precisa.

Una experiencia “muy bonita”, califica la falconiana, pues le enternecía ver cómo la trataban tan bien a pesar de que no hablaba muy bien el inglés.

Después de que manejó el idioma, se fue a una clase más avanzada, donde conoció a una persona que estaba en el área de seguridad y que le ofreció trabajo. Allí le resultaba bastante interesante demostrar sus conocimientos en otro idioma, así como traducir muchos elementos de trabajo del inglés al español, pues había una buena cantidad de estudiantes que hablaban español; sobre todo, centroamericanos.

La Universidad de Maryland fue su segundo objetivo. Allí se graduó en Incendio y Seguridad Industrial: “como eso estudié en Venezuela, aquí continué para sacar mi licenciatura y luego me fui a trabajar en varias compañías”, cuenta.

Una de ellas estaba dedicada a la electricidad, en 1993, donde trabajó como inspectora de Seguridad y tenía a su cargo a todos los equipos. Fueron logros bastante grandes, pues se convirtió en la primera latina en esa área y confiesa que fue muy fácil conseguir trabajo en eso porque ya tenía el conocimiento y la experiencia de Venezuela.

La verdad es que en Venezuela mis estudios fueron bastante fuertes. No podemos quejarnos de la educación sólida, aquí aprendí otras cosas pero sí había bastantes aspectos que ya sabía. Lo único que me fallaba era el idioma”.

Más tarde, en 1997, finalmente, se fue a la Universidad de Maryland, donde se enfiló en la Oficina de Mantenimiento: hacía los programas de seguridad industrial, prevención de accidentes en el trabajo, emergencias y manejo de equipos.

Luego, otro objetivo se asomó: el posgrado.

“Sacaba mi postgrado en la noche (…) Lo saqué en algo diferente, porque ─trabajando con la gente de limpieza─ me di cuenta de cuánta información necesitaban ellos en el trabajo, cómo desenvolverse (…) y, cuando no dominaban el idioma, lo difícil que era para ellos comunicarse con sus supervisores, ser entendidos por su cultura (…) entonces, yo era su mediadora, la que trabajaba con la parte conflictiva entre el supervisor y empleado, así que mi trabajo  de seguridad se extendió a otras cosas, donde también tenía que darles herramientas para manejarse en las comunidades”, platica.

Y agrega: “Si los empleados tenían hijos no sabían a veces cómo enviarlos a la escuela, porque un gran número de esta  población era analfabeta  y tampoco sabían el idioma. Tenían 20 años en este país, pero no se adentraban en sus comunidades  y no tenían necesidad de aprender el idioma, así que fue bastante interesante ver esta dinámica, una que me dio la oportunidad de sacar mi posgrado en la parte de gerencia, pero vinculado a los recursos humanos“.

Diáspora del nuevo siglo

Para Gloria ha sido sorprendente ver gran cantidad de venezolanos llegar a EE. UU., sobre todo, a Miami, Florida. Asimismo, señala que, en sus inicios, solo conocía a los venezolanos de la embajada de aquel entonces. El “chévere” sonaba poco.

Ahora vienen muchos más de nuestra comunidad. Aquí en la universidad, éramos 2,  ahora somos como 10. Me encanta. Por cierto, estoy muy orgullosa de un profesor que está encargado de la parte atmosférica, ha hecho muchos estudios y hace poco recibió un dinero para su departamento y le ha ido súper bien”.

Además, manifiesta que está muy emocionada por ver el  progreso y lo que han hecho los venezolanos. “Comparto con ellos lo mas que puedo un cafecito o unas arepas (…) Sobre la vida en Venezuela, me da mucho dolor en el alma, porque mis aspiraciones han sido terminar acá mis carreras y, cuando me jubile, mi pensamiento es irme a Venezuela y compartir allá, porque ─pese a estar aquí durante 34 años─ todavía siento que Venezuela es mi hogar, mi corazón; extraño todo, a Churuguara, disfrutar de mi pueblo y mi gente.

Un mensaje a la diáspora

Tenemos que irnos con buenas ideas, hay que aprovechar las oportunidades y tenemos que luchar por la vida, por los buenos principios y la ética. En el trabajo y negocios eso ha sido mi guía, el legado de la vida de mis padres y lo que me inculcaron ellos. A los compatriotas venezolanos yo les digo que mantengan la fe. Es muy fácil decirlo desde aquí, pero sé que unidos podemos hacer mucho; no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”, concluye.

Sobre el autor

Héctor Daniel Brito

Héctor Daniel Brito

Reportero de Papagayo News

Deja un comentario