Opinión

El Pandora, donde huye la esperanza del país

Foto referencial | Agencias
Pedro D. Túa
Escrito por Pedro D. Túa

Naciones Unidas, a través de su agencia para refugiados ACNUR, ha revelado un balance de la situación de los inmigrantes venezolanos en la última semana de mayo. A través de un portavoz, ha afirmado que los inmigrantes venezolanos deben ser acogidos como refugiados, y conmina a los países de la región a poner en marcha mecanismos legales para tal fin, pues considera que la gran mayoría se encuentra en alto grado de vulnerabilidad.

Desde 2015, la ONU estima que al rededor de 4 millones de venezolanos han dejado el país huyendo a la crisis económica, social y de la persecución política.

Para los venezolanos esa cifra se queda corta; lo podemos palpar en las calles vacías de nuestras ciudades, de nuestros sectores y edificios; también en las sillas sin ocupar de los reencuentros navideños familiares; en las aulas con alumnos escasos en universidades y colegios y en la falta de personal de los hospitales.

En 2014 ya eran cientos de miles de venezolanos en Chile y Argentina. Yo mismo pude constatarlo, pues entre 2013, 2014 y 2015, realicé varios viajes al cono suramericano, y donde quiera que iba con mi gorra tricolor encontraba un hermano venezolano: en avenidas, metros y parques de Santiago, Valparaíso y Buenos Aires.

Ni hablar de nuestra presencia desbordada en Colombia y Panamá. Y esa situación ha sido casi incesante desde los primeros meses de la gestión de Maduro. En mi propia familia cuento en este 2019 más de 30 miembros quienes han huido de la dictadura. Venezuela se convirtió en el país de las despedidas hace mucho.

El año pasado, en el edificio donde vivo en Barquisimeto, ocho personas, aproximadamente, dejaron el país; todos jóvenes en edad productiva. De mi entorno social casi absolutamente todos mis amigos también huyeron en 2018; así que un día, cuando recuperemos la libertad, tendremos la oportunidad de estudiar este fenómeno en todas sus dimensiones y estoy más que seguro de que nos sorprenderemos con las cifras.

Pero ya es muy diciente que ACNUR afirme en 2019 que la inmigración de venezolanos es la más cruda y profunda inmigración en masas de un país en tiempos de “paz”; y claro que suena irónico… ¿acaso no es todo lo contrario a paz, a progreso, a desarrollo, lo que estamos viviendo en Venezuela?

Hoy mismo, en este domingo gris, frío y lluvioso, me tocó revivir la despedida de mis hermanos en 2014, pues acompañé a una gran amiga, y a su familia, a despedir a uno de sus miembros; se fue por tierra en un bus con el nombre improbable de “El Pandora”, desde la terminal terrestre de Barquisimeto.

Ocho días de largo y extenuante viaje atravesando los Andes, con destino a Santiago de Chile. Iba con sus maletas cargadas de comida, provisiones, poco dinero y muchas metas truncadas en este país, que se ha convertido en una gran cárcel, en la “Gulac” de estos tiempos. Iba como la gran mayoría de los venezolanos: no a buscar que le regalen las cosas, ni a dar lástima, sino a trabajar, a producir y alcanzar metas, a recuperar la estima propia y por el trabajo, y, en fin, a recuperar la esperanza.

Acá dejaba a su madre y hermanas, quienes al pie del autobús trataban de atajar las lágrimas que caían como cascadas; la imagen se repetía al rededor de ellas con otras madres, padres, hermanas, hermanos que despedían con el corazón roto a sus seres queridos. Todos levantaban la mano diciendo adiós y lanzando el último abrazo que no podían ya dar a sus afectos. “El Pandora” se alejó y ya no hubo más que hacer o decir.

Todos quienes hoy despidieron a sus seres queridos tratarán de enjugar sus lágrimas con el transcurrir de los días; es un duelo en todas sus dimensiones.

Por un instante me llené de rabia, maldije a Chávez y a su mamá, a Maduro, y a la revolución cubana; maldije a los esbirros de la Guardia Nacional, de la Policía Naciónal, del SEBIN y de las FAES, quienes han perseguido, silenciado y asesinado todos estos años a las voces de quienes pensaban distinto, y que han producido la huida en masa de una juventud llena de aspiraciones, pero que deben salvar sus vidas de estos asesinos inescrupulosos.

Maldije la cobardía de las Fuerzas Armadas de mi país, hoy doblegadas, infiltradas y desarticuladas por fuerzas extranjeras. ¿Cuántas generaciones costará sanar ese tejido social y afectivo roto? Hoy reviví el dolor de la separación de mis hermanos; de tener que conformarme con saber de ellos a través de un teléfono inteligente y de no poder compartir las alegrías, ni apoyarlos en sus momentos de tribulaciones.

El chavismo se convirtió en un cáncer maligno que ha carcomido todo cuanto encontró a su paso, incluyendo la unión de las familias.

A pesar de todo, llevo a mis hermanos más cerca que nunca, dentro de mi corazón y en mis pensamientos. Así como millones de madres y padres llevan a sus hijos dentro de sí mismos y son por quienes luchan y resisten día a día hasta alcanzar la libertad y materializar la vuelta a casa.

Muchos echaron y echarán raíces en otros derroteros, pero aún así sentirán que recuperaron el país.

Sobre el autor

Pedro D. Túa

Pedro D. Túa

ADS - Abogado
Columnista Freelance
Premio "Pulso y Alma de la Crónica en Venezuela" 2011 (Fundación Bigott)
perdrodomingotua@gmail.com

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