Diáspora Historias que caminan

El extravío de migrar

Mayli Quintero
Escrito por Mayli Quintero
Volver a tener un pasaporte y no una bomba de tiempo,
hablar de mi país con naturalidad y recordarlo sin que duela.
Zakarías Zafra Fernández

Continuar siendo lo que venías siendo es una de las cosas más difíciles del exilio. Migrar es extraviarse de uno mismo. Te alejas de ti tras el sacudón que implica renunciar a tus espacios, rutinas y afectos. ‘Antes’ no es un adverbio de tiempo impreciso porque sabemos muy bien lo que era y ya no es, lo que quedó, mudó, desapareció. Mi sacudón personal fue en julio del 2017, de Maracaibo (Venezuela) a Polonuevo, un pequeño pueblo, casi desconocido, de la costa atlántica colombiana, no muy lejos en kilómetros; la distancia estuvo en el cambio de vida.

‘Antes’ cabalga junto al ‘allá’. Aquel lugar de dónde venimos, que no es este, que se parece por partes o se desconoce del todo, que no tiene nuestra historia escrita en sus aceras, donde las voces familiares no entran por la ventana, ni los olores traen reminiscencias de eso que siempre ha estado ahí. O, mejor dicho, allá.

Antes yo era correctora de textos en un periódico, recién terminaba una maestría en Literatura Venezolana cuando me despedí. Allá yo nací, crecí, estudié, trabajé, me casé y me divorcié. Viví.

Tenía veintiocho años al salir. Hoy mi habitación tiene más de 1200 días vacía.

Todo ‘antes’ tiene su ‘ahora’. Ahora, quién soy empieza por mi lugar de origen. Mi nacionalidad se impone en mi identidad. Aquí soy venezolana antes que cualquier otra cosa y, quiéralo o no, eso me determina. Soy parte de un grupo, soy una migrante más. “Venezolanos”, esos a los que miran con desdén o lástima, creyendo saber toda la historia por lo que leen en Facebook, Whatsapp o, en el mejor de los casos, en las noticias. Ahora mi acento me delata. La mínima expresión produce gestos involuntarios en quien me escucha, delatándolos a ellos también.

Todo ‘allá’ tiene su ‘aquí’. ‘Aquí’ me he cuestionado si el ser y el hacer son una misma cosa, si lo que hago determina lo que soy, si una correctora que siempre lee y a veces escribe deja de ser todo eso cuando está vendiendo fresas con chocolate en un centro comercial de una ciudad de Los Andes colombianos de la que nunca había oído hablar.

Leo en una entrevista a Marina Gasparini Lagrange, también venezolana, también migrante, que como extranjero,en el país donde estás “hay como una cierta invisibilidad”. Y que “la manera de no quebrarse es ver las condiciones, los valores, en los que uno no puede dejar de ser”. Mi cuestionamiento, comprendo, me mantiene siendo yo, incluso cuando ya no soy la que fui.

Los referentes de los pronombres personales también mudan. Lo que para mí era un ‘nosotros’ —mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo—, ahora es un universo más ancho, y muchas veces ajeno. ‘Nosotros’ es ella que viene de Acarigua y vende perros calientes, aunque antes trabajó en una reconocida empresa. ‘Nosotros’ es él, oriundo de Maracay, vendedor de café y cigarros con el título de Ingeniero Mecánico bajo el brazo. También es ella, que viene de mi ciudad, Maracaibo, que estudió Filosofía en la misma universidad en la que me formé, la Universidad del Zulia; en el mismo bloque B que transité por cinco años; pero a quien nunca conocí sino aquí, donde ahora es parte de mi ‘nosotros’, porque como yo, migró y se extravió.

Esa licenciada en Filosofía y esta licenciada en Letras, al igual que ese mecánico, esa manicurista, ese vendedor de seguros, aquel soldador o aquella cocinera, estos que cantan a diario en el bus o aquellos que piden monedas en los semáforos; todos ahora somos en la boca de los locales ‘ellos’ o ‘ustedes’. Esos pronombres personales nos contienen como masa.

Migrar es luchar contra la incomprensión. Las generalizaciones y los estereotipos llevan siempre una carga de incomprensión. El peligro de los estereotipos, dice la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, no es que sean falsos, sino que son incompletos. Y su grave consecuencia es que puede privar a las personas de su dignidad.

Sí, he luchado contra la incomprensión. Contra los que creen conocer todo de mí solo por esa nueva cédula de identidad que es mi acento. Sí, he sido privada de mi dignidad frente a quienes no pueden ocultar el desdén en la voz o el desagrado en el gesto cuando me oyen hablar. Frente a quienes no pueden ocultar su asombro (e ignorancia) cuando te dicen que te ves muy bien para ser venezolana.

Por fortuna, tras el extravío viene el hallazgo. Te concentras en el ‘aquí’ y en el ‘ahora’. Aquí he trabajado sin etiquetas y he estudiado sin formalismos. Aquí me enamoré, me casé nuevamente y nació mi primer hijo. El hallazgo se da cuando te reorganizas con lo que tienes para no obsesionarte con lo que te falta. Te fraguas un nuevo ser mientras aprendes a hacer.

Y continúo viviendo.

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