Opinión

El drama de la orfandad

Foto: CNN en español
Pedro D. Túa
Escrito por Pedro D. Túa

Desde diciembre pasado se ha generado gran expectativa por lo que pudiera haber sucedido en Venezuela el pasado 10 de enero.

Muchos amigos y extraños me escribían una pregunta en común “¿Qué crees que pase el 10E?”. Para todos, mi respuesta fue la misma: no pasará nada definitivo. Ojalá hubiese estado equivocado y sí hubiese pasado, por estos días, ese milagro que esperamos los venezolanos: que alguien o algo nos libere. Pero solo son buenas intenciones, y de esas está empedrado el camino al infierno.

Por mucho tiempo apostamos todas nuestras esperanzas en los medios, la iglesia, los partidos, los empresarios y en la comunidad internacional, y así se nos han pasado estos años terribles del periodo de Maduro.

Y hago la acotación porque, en los tiempos de Chávez, este gozaba de una elevada popularidad empujada por una aparente prosperidad económica cuyo colapso y hundimiento no lo afectó, pues tuvo la suerte de morirse antes y dejarnos en este berenjenal. Pero es que el país somos todos y no es nadie; acá, tirios y troyanos, chavistas y no chavistas, ricos y pobres, profesionales y analfabetas, blancos y negros, civiles y militares (si acaso caben estas diferencias) somos víctimas de un sistema de terror y corrupción sin precedentes, y nos encontramos secuestrados por un grupo hamponil que usufructúa el poder.

Cuando entendamos que “juntos y unidos” podemos enfrentarlo con éxito, pues en ese momento seremos libres.

La dirigencia opositora actual no ha sabido capitalizar el enorme descontento popular. Al contrario, lo ha dilapidado increíblemente en medio del canibalismo intestino de las organizaciones que alguna vez se aglutinaron y cuyas alianzas parecen hoy estar rotas irremediablemente.

Así es el panorama de sombrío: nadie pareciera estar haciendo algo contundente para la liberación que esperamos los ciudadanos; nadie parece estar conspirando con quienes detentan las armas y la fuerza para la restitución de la democracia.

Tampoco pareciera que alguien estuviera negociando con la disidencia del chavismo para salvar la República que ha ido desapareciendo progresivamente y cuyo trastazo final podría concretarse con la disolución del legítimo parlamento.

Es por ello que debemos todos tomar las riendas, sin delegar o esperar por otros. Es decir: debemos involucrarnos todos: tú, yo, el vecino y el cura de la iglesia. Eso no desmerita las presiones que se hacen desde el exterior por parte de los gobiernos democráticos del mundo, entre quienes destaca Colombia, principal afectado por la diáspora. Pero la estocada final debe producirse internamente.

Ojalá la nueva directiva del parlamento, específicamente su presidente, pudiera marcar el inicio de una etapa de conducción política sin lastres ni ataduras que produzca, este año, la toma de decisiones correctas que han sido postergadas por mucho tiempo. Él es un joven de 35 años, profesional brillante, padre de una nobel familia, y ya eso le resulta muy peligroso a la dictadura.

Dios quiera que los factores políticos, llenos de resentimiento ciego los unos por los otros, no interfieran en los nuevos caminos que debemos transitar a partir de hoy. Eso nadie lo puede negar.

Y aunque dude, en principio, sobre el suceso de algo extraordinario y definitivo, sí surgirá un nuevo escenario que, por una parte, nos aislará de la comunidad internacional, y que precisamente es lo que la dictadura procura para tener el camino libre y seguir despojando al país de sus riquezas junto a sus aliados autócratas: cubanos, iraníes, rusos, turcos y chinos.

Pero, por otro lado, crecerá el descontento social y político, y es cuando precisamos de una fuerte y renovada conducción que direccione los ímpetus de cambio y libertad de un país que atraviesa y sufre en este momento el drama de la orfandad.

Sobre el autor

Pedro D. Túa

Pedro D. Túa

ADS - Abogado
Columnista Freelance
Premio "Pulso y Alma de la Crónica en Venezuela" 2011 (Fundación Bigott)
perdrodomingotua@gmail.com

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