Historias que caminan

Cuando di un salto al vacío: emigré

Melissa Segnini
Escrito por Melissa Segnini

Morelia, México. Generalmente me gusta contar historias bonitas, que tengan un final feliz o que, al menos, dejen un mensaje positivo. Estoy segura que en este texto lo primero no se cumple al 100 por ciento, lo segundo será una constante incertidumbre, y lo tercero… tal vez pueda dar una pizca de sentirse identificado a quien es inmigrante, o quizás, si tiene a un familiar viviendo en el exilio, y no sé si sea precisamente positivo.

Como sea, emigrar fue lanzarme de un acantilado de donde me asomé para observar mi destino y solo conseguí nubes desdibujando el panorama, como un suicidio de mi identidad, de la zona de confort, la rutina y de todo lo cotidiano. Estaba deprimida por lo que conllevaba vivir en Venezuela y tuve ese arranque de adrenalina que sacó de mí la valentía -tal vez rodeada de muchísima ingenuidad- que no sabía que poseía para tirarme al vacío.

Antes de salir, sentía un hueco en mi pecho porque pensaba que no merecía vivir entre tanta precariedad y aunque el punto era rellenar ese hoyo, hoy después de casi tres años afuera, permanece desocupado.

Decidir mi lugar de acogida, México, nunca estuvo basado en atracción por el país o porque hubiese estudiado mis posibilidades de ejercer el periodismo, ni porque googleé la ciudad y me gustó. Aquí tenía un tío que me ofreció llegar y por eso fue el elegido. Y aunque fuera una decisión tan al azar, resultó ser una fortuna para mí.

Empecé a trabajar en Quadratín, una agencia de noticias de la que muy poco conocía, porque conseguí hacerlo un mes después de pisar Michoacán. A los cuatro meses me convertí en la coordinadora general, entonces supe que había tomado la decisión correcta, pero esperen… Mi proceso de legalización inició de inmediato, y aunque me ayudaron muchísimo, no dejó de ser una pesadilla. Lograr ser residente en México es un proceso largo, costoso y que, incluso, te obliga a salir del país.

Recuerdo cuando, tres meses después de viajes y papeleo, recibí en Migración una tarjetica verde que certificaba mi estancia regular. Ese día de septiembre tomé un bus, me senté y comencé a llorar (sería como la octogésima vez). Cuando llegué a casa, no tenía a nadie a quién abrazar para liberar tanto estrés, ni para celebrar.

De allí en adelante muchas rutinas de la vida diaria se hicieron más fáciles, pero siguió latente el otro infierno: el sentimental. Mi mejor amigo era mi celular, ese aparatico era mi oasis venezolano.

Siempre he sido de enfocarme en una u otra cosa, de hacer un proyecto, de fijarme una meta para no tener tiempo de pensar en nada más. Sin embargo, cuando vives en otro país, es algo que queda de manifiesto hasta en lo más mínimo y distraerse de eso es prácticamente imposible.

Al inicio estuve tan encantada de que todo funcionara, me saboreaba caminar sin miedo en la calle; tenía tanta preocupación por mi legalidad, por mantener mi trabajo, que no me di tiempo para nada más. Luego, entonces, cuando llegué a la cima de todo eso, comencé a descender y puedo enumerar algunas de las situaciones que me he conseguido en la bajada:

  1. La gente de México es bella, cálida, amable y muy familiar; pero no es mi gente. Sin ánimos de que se malinterprete, nunca podré tener el corazón completamente lleno o, tal vez, casi tres años afuera sean muy poquitos para concluir algo así -al menos eso espero-.
  2. NADA es tan importante como tu familia y con ello no solo me limito a con quienes estás relacionado por sangre. Familia es cotidianidad, personas que demuestran que te quieren de verdad y no obligadas por genética. Tener seguridad y estabilidad económica es increíble, pero jamás te podrá aportar lo que te genera estar al lado a los tuyos. Si no te has ido, no des las cosas por sentado.
  3. Las Navidades han sido un martirio. No importa con quién haya estado de 2016 a 2018, jamás será como estar en mi país. Tengo una relación amor-odio con poner gaitas en la casa para sentir a medias que creo una mini Venezuela en mi espacio, porque en el fondo sé que estoy muy lejos, en un lugar que no es mío y que es como intentar darse ánimos dentro de una cámara de tortura.
  4. Hablar sin tapujos y sintiéndome libre ya no existe, porque no hay día en el que no diga algo que no me entiendan, que deba censurar varias palabras por su significado distinto, que tenga que decir algo que me haga sentir sumamente ridícula, como pedir un pastel en vez de una torta.
  5. Para mi salud mental y física, el clima de Venezuela es perfecto.

No todo ha sido malo acá. En esta montaña rusa, México me ha regalado amigos, gente maravillosa, lugares, viajes, aprendizajes que incluyen despedidas necesarias para poder avanzar, malicia, astucia y fe en mis capacidades.

La libertad económica me permitió comprar una tableta digital para iniciar un proyecto artístico que rondó años en mi cabeza, estuvo estancado en Venezuela y pude hacer realidad desde este país.

Y lo más importante: aprendí a valorar a Venezuela, lo que somos y lo que me dio, porque solo afuera dejé de renegar de ella, terminé de amarla y comprendí que soy demasiado venezolana y que siempre estaré orgullosa de ello.

Sobre el autor

Melissa Segnini

Melissa Segnini

2 Comentarios

  • Que te puedo decir Melissa… yo estoy en CDMX desde hace 1 ano y 3 meses, digo 3 palabras y ya saben que no soy de acá. Me resisto a perder mi identidad, porque creo que ya es suficiente con no estar en mi tierra, no tolero perder nada más. Y en efecto, debo corregir frecuentemente la forna en qué me expreso para que puedan entenderme… pero prefiero eso que la alternativa.
    Si algún día vienes a CDMX, en nuestra casa serás bien recibida con un café y una empanadita, como debe ser.

Deja un comentario