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Historias que caminan

A veces Lima

Ilustración: Enrique Bravo Sananes

Profe, págueme

El octogenario que cuida la puerta de entrada del colegio no se comunica con fluidez: habla quechua —idioma de los incas y lengua nativa de mayor uso en América del Sur. Hace señas para indicar sus deseos más primitivos, como hambre, sed y otras necesidades básicas. Y, para dar respuestas, emite limitados sonidos equivalentes a “no, no está, ha salido” cuando se le pregunta por su hijo, J.

J. no me responde mensajes ni llamadas. La última vez que lo vi fue el viernes 16 de noviembre, cuando aún era “miss” de primer grado en su institución, el Consorcio Educativo.

Vestía traje y corbata. Llevaba lentes tan grandes como los círculos de agua que se forman en las mesas de los restaurantes de menús limeños. Caminaba hacia la dirección con un par de carpetas donde guardaba exámenes para sus alumnos de secundaria. Caminaba seguro, como si este país fuera suyo.

—“Miss”, yo creo que sí, vamos a tener que dejarlo hasta aquí porque si no, voy a deberle un mes más y, pues, no hay, no hay…— expresó J. disminuyendo gradualmente su tono de voz.

Él sabía que a esa hora del día 16 del mes 11 yo solo tenía ocho soles en mi monedero.

—Profe, está bien, comprendo (…) ¿No tendrá algo de dinero que me adelante? Es para ir saldando la deuda que tiene conmigo, que ya pasa los 800 soles

J. tartamudeó. Confundió las palabras. Titubeó. Titubeó como titubea una persona con argumentos escasos. Titubeó como cuando las “misses” que pasaron antes de mí iban a cobrar sus sueldos caídos.

—‘péreme un ratito, sí, “miss”, saco copia de estos exámenes y le adelanto algo.

Esperé 55 minutos, pues los conté.

—Aquí tiene, “miss”, el próximo miércoles le adelanto más…

Estiro la mano y tomo el dinero. Me sobresalto porque nada más siento un billete. Tengo miedo de mirar, pero el tiempo se acaba, debo salir de ahí.

Abro los ojos. Miro: 10 soles.

Lloro.

 

El rechazo

J. y yo tuvimos problemas para encontrarnos, pero hoy se pudo. Yo, oficialmente desempleada, frente a él. Me mandó a subir a la cevichería y allí subió dos sillas.

—Preséntate.

Traté de dar mi nombre completo.

—Isabel Cristina Morán M…

No me dio tiempo.

—¿Te has preparado?

Yo, expresiva y conversadora desde que comencé a hablar, no entendí al hombre educado y serio que me entrevistaba para el puesto de mesera. Parecía militar.

—Imagínate que esta es la carta y yo un cliente; véndeme el pescado.

Me sentí en una audición.

—Buen día— Y extendí mi mano.

Error.

—No puedes darle la mano a los clientes; aquí vendrán hombres y sus familias.

Intenté callar, y no pude.

—Dar la mano es para mí y un gesto común, normal. En mi país…

No tardé en darme cuenta de que la entrevista se había ido por un caño. Entonces, me sinceré.

—Nunca he sido mesera, pero me gusta agradar a las personas, soy muy conversadora…

Con un gesto me indicó “stop”.

—No puedes sentarte a hablar con los clientes.

Ya vencida, volví a darle la mano a manera de derrota y despedida. Y él me dijo:

—Si te interesa, prepárate y ven el miércoles a las 6.00 de la tarde.

 

El tiempo no vale

Dejé de vender dulces de chocolate y “keke” (ponque) por irme al Consorcio Educativo. Al instante de conocer al promotor J., me di cuenta de que su especialidad no eran los números ni las letras, mucho menos enseñar, si no “hacer horas”.

“Hacer horas” en Perú es “hacer tiempo, matarlo”. En Venezuela, “echar carro”. J. “hace horas” mientras las personas esperan una respuesta a la gran cantidad de solicitudes que son su responsabilidad.

No es un hombre malo. Pero es un hombre que procrastina. Atrasa procesos.

En mis primeras semanas de clases, me encontré con niños maravillosos. Ahora mismo veo sus caras en mi mente. Los escucho hablar. Los veo “tajar” sus lápices de colores y tomar sus reglitas para que las figuras geométricas queden exactas.

Los miro mientras usan sus bicolores para escribir las mayúsculas, títulos y subtítulos, y no importa cuánto coloreen, el lápiz blanco siempre será el más grande y el lápiz piel el más chico porque les encanta dibujar personas.

Hay una niña que canta, otra que hace chistes; un par de niños traviesos y otro que ha creado su propio mundo donde habitan las figuras de plastilina que moldea ahora.

Y afuera, el hombre que procrastina.

Más tarde, en mi imaginación, es el aniversario del colegio. Además de mis niños coloreando pieles, está la “miss” de Inglés, que me ayuda a hacer una piñata y una torta a propósito de los seis años del plantel.

Nos ocupamos todos de los detalles festivos y la puerta suena: alguien toca.

—Es nuestra “miss” de antes— grita, inocente, la niña que siempre canta.

—Hola, señorita, busco al promotor J.

El señor que acostumbra a estar en la puerta, al que le cuesta comunicarse porque solo habla quechua, sale al paso y hace señas, señas que equivalen a “no, no, mi hijo no está, ha salido”.

Todos, sin comprender el acto, volvemos a los detalles festivos.

Pero el promotor sí está. Lo veo en su oficina, probablemente fingiendo que habla por celular.

—Profe, le buscan en la puerta. Es la “miss” anterior a mí —le anuncio con saña y picardía al mismo tiempo.

Hace que habla.

—Dígale que ya la atiendo —expresa, sin alejar el teléfono de su oído izquierdo.

Salgo a la puerta y hago pasar a la joven. Eran las 11:00 de la mañana, y la “miss” venía desde lejos, del Cercado de Lima, creo, como a dos horas de este distrito. El motivo de su visita era cobrar un mes de sueldo atrasado.

—Por eso me fui —me dijo entre dientes, como para que nadie la escuchara.

La “miss” estuvo sentada en la banca por casi una hora y media. Y el director en ningún momento dejó de hablar por teléfono.

Fotografía de Isabel Cristina Morán.

‘Arrechísimo’

Mi reciente amistad con un peruano me llevó a un distrito hermoso. Fue el lunes, a las 9.00 de la mañana. Aunque el propósito fue buscar trabajo, disfruté el paseo.

El distrito se llama Barranco y en él se encierran historias. Dicen, no sé si es cierto, que desde el Puente de los Suspiros se lanzaban hombres y mujeres porque, en la época de antaño, había casamientos entre familias para no “sembrar impurezas en los clanes”.

Otros murmuran que quienes terminan el trayecto tomados de la mano se besan y se vuelven enamorados.

Lo importante es que al final de ese puente está la costa del mar. Azul; bonito y en movimiento.

—Chamita, vamos a bajar; vamos.

Eran escalones largos y profundos. Fue preciso estirar mis piernas para pasarlos. El camino está cundido de hippies que hablan inglés, francés y español venezolano sobre todo. Entre ellos, cuenta un muchacho que hace arte con los billetes de 100 bolívares. Cintillos y bolsos. También una señora que pinta paisajes en piedras de mar.

Mi amigo y yo observábamos todo con atención. Y justo en ese ejercicio de mirar, escuchamos la palabra de los mil significados: “arrechísimo”.

—Mira, mira esta piedra. Arrechísima— exteriorizó una mujer.

“Arrecho”, en cualquier contexto comunicativo peruano, es sentir, con fuerza desenfrenada, excitación sexual. Mi amigo ya sabía que, “a lo venezolano”, estar “arrecho (a)” es sinónimo de estar molesto, pues tiene por compañeras de trabajo a dos compatriotas mías; “a lo peruano” es “sentir cólera”, Sin embargo, al escuchar la palabra en un contexto diferente, se llevó las manos a la cabeza y, con acento muy venezolano, expresó:

—Coño.

Me carcajeé.

—Causita, ¿estáis confundido?

‘Causita’ es amigo, “pana”, “el mío”.

He allí el ejemplo más simple de cómo se trasladan y entremezclan las culturas.

—Ya, vamos, maracucha, vamos a buscarte un trabajo.

De regreso, leí poemas en las paredes: “Se vuelve flor lo que no vuelve”.

La aseveración es de Antonio Claros.

 

El guiño de Dios

Al día siguiente, me levanté con 100 soles en la maleta y sin trabajo, pero con un par de entrevistas. Noventa estaban apartados para el alquiler de la casa, así que, en términos prácticos, solo tenía 10.

El día estaba armado así: cumplir toda la mañana con un compromiso, contactar a un posible empleador e ir a cobrar en el colegio. Estuve medio día quebrada, desilusionada. Mi amigo peruano me invitó un abrazo.

—Isa, calma…

No respondí y emprendí camino al colegio.

—Hola, profe J.

Se vio que no me esperaba.

—Ah, “miss”, pase, pase adelante.

En simultáneo, conversaba vía WhatsApp con mi hermana.

—Chama, estoy quebrada.

La batería de mi celular se me estaba agotando.

El profesor me hizo pasar a mi antiguo salón de clases. Enchufe el cargador.

De reojo, vi a una de mis alumnas, a la que le gusta hacer chistes. “¡Miss!”, vociferó, y su emoción por verme allí llegó al pasillo, donde estaba otra de mis niñas, la que canta. Y las tres, nos hicimos una.

Escribo esto y siento la fuerza de sus brazos apretándome. Escribo esto y me remonto al día anterior, cuando por las calles de este distrito me encontré a un par de niños traviesos que corrían y me gritaron: “¡miss!”.

Entonces, siete vocecitas, bien sonoras, se reprodujeron en mi cabeza, todas juntas, como cuando pasábamos la mañana leyendo y escribiendo.

“¡Miss! Vuelva…”.

La s al final suena como un globo desinflándose.

—O como una serpiente— no duda en agregar mi niño más travieso.

Esta es la j, la letra de la risa: ‘ja, ja, ja, ja, ja’.

—Es diferente a la letra de los gatos— aclara mi niña, la que canta siempre.

Se refiere a la g.

—Entonces, pues, si queremos escribir la risa, escribimos la j —añaden en coro.

Y entonces todos toman sus bicolores y escriben el cuaderno amarillo, el de Comunicación, las tres letras del día: s, j y g.

 

Dios y sus detalles

Lamentablemente, “miss”, no hay dinero, no hay.

J., cuando está falto de respuestas, baja la cabeza y juega con su llavero o con cualquier cosa que consigan sus manos. Tartamudea y titubea. Confunde palabras. Habla y hace silencio; se sienta y se para.

J. “hizo horas” conmigo. No tardó en presentarme un discurso vacío:

—Y si habla con los padres para que se pongan al día con sus pensiones y así vuelve, y si nos replanteamos lo que resta de año escolar…

Seguí la calle hasta la avenida, esa donde abundan los restaurantes de menús a ocho soles y un montón de cevicherías. Eran las 2:30 de la tarde. Crucé un par de veces y llegué a la casa del alumno que crea mundos habitados por seres de plastilina.

—¡Señito…!

Le llevaba su suéter del Hombre Araña.

Su papá abrió la puerta. Y le expliqué.

—Deme 10 minutos, voy a hablar con mi esposa.

Me abrió la puerta de su moto taxi para sentarme y así protegerme del sol de primavera.

—“Miss”, mi esposa dice que los pagos hay que hacerlos directamente en el colegio —manifestó con el celular en la mano.

Estaba timbrándole (llamando) al profe J.

—Señor, deme un momento, voy al colegio y les traigo la boleta. Por favor, no se vaya.

Forcé mis cansados pies a moverse más rápido. No solo miraba el pavimento para evitar tropiezos, también lo miraba para pensar en Dios, en que siempre me responde, en que nunca me abandona.

“Al toque”, como indican en Perú para impregnarle celeridad a sus actos, sentí una moto llegar.

—“Miss”, ya, vengo a abonar 100 soles de la pensión.

Entramos. J. llamó a su padre y le habló en quechua, y en seguida el octogenario salió. Estaba la “miss” de Inglés.

Comenzamos a conversar sobre los avances del niño mientras J. estaba en su oficina. Entre tanta anécdota, el señor preguntó “por qué el director tarda tanto”.

En cuanto J. escuchó mis pasos, tomó su celular e inició un diálogo ficticio. Así estuvo 40 minutos hasta que su padre volvió. En el transcurso de ese tiempo, el señor de los 100 soles se retiró. Se cansó de esperar su boleta.

—“Miss”, me la guarda…

La “miss” de Inglés fue al baño y J. se acercó a mí.

—“Miss”, hagamos así: 70 soles para usted, 20 para la “miss” de Inglés y 10 para la casa.

—Pero, profesor, ese dinero es de mi alumno, y usted me dijo que todo lo que entrara al plantel proveniente de mi salón sería para mí…

—“Miss”…

Me levanté para no ser ofensiva.

—Ya mi padre volvió con el cambio del billete. Tenga 70 soles y, de a poco, le iré abonando. Y venga, venga, “miss”, venga mañana, siempre que guste, que aquí siempre compartiremos la comida…

Volví a recordar el mar, su costa, la caminata por Barranco y a Antonio Claros: “Se vuelve flor lo que no vuelve”.

Sobre el autor

Isabel Cristina Morán

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